Hay gente que odia el fútbol.
Hay gente que odia la piña en la pizza.
Y luego estoy yo, que odio con toda mi alma los audios de WhatsApp.
No los audios de «vale, nos vemos a las 8». Esos los perdono. Hablo de los audios de tres minutos y medio que empiezan con «a ver, no sé cómo explicarte esto bien…» y que sabes, desde el segundo uno, que te van a hacer perder un cuarto de hora de tu vida que no te va a devolver nadie.
Pues bien. Un jueves cualquiera, sobre las once de la mañana, mientras yo intentaba colgar unas toallas antes de que se pusiera a llover, mi móvil empezó a vibrar como si tuviera un ataque de nervios.
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Cinco audios. Antes de las doce del mediodía. De una señora que, hasta ese momento, yo no había visto en mi vida.
Los puse en biberón, mientras seguía con las toallas, porque algo me decía que aquello iba para largo.
Y no me equivocaba.

Audio 1 — «Hola, buenos días, mira, te escribo porque…»
🎙️ (2:14) — «Hola, buenos días, mira, te escribo porque he estado mirando vuestra web y tengo unas dudillas, nada, cosas rápidas, pero prefiero mandarte un audio porque escribiendo se me hace muy largo y total, para lo que tengo que preguntar…»
Dos minutos y catorce segundos para decirme que iba a hacerme preguntas rápidas.
Ya empezábamos bien.
Seguí escuchando mientras colgaba la última toalla. Entre medias del audio conseguí entender que quería venir un fin de semana con toda la familia. Cuatro habitaciones. Hijos, nietos, un yerno que «come de todo menos con espinas» y, por lo que fui intuyendo, una idea muy concreta de cómo debíamos funcionar nosotros.
Le contesté por texto, que para eso está:
Yo: Hola! Claro, dime, sin problema 🙂
Craso error. Lo de «sin problema» fue interpretado, evidentemente, como luz verde para seguir grabando.
Audio 2 — la llave que no existe
🎙️ (1:47) — «Vale, pues mira, la primera duda es sobre las habitaciones, que he visto en unas fotos que no tienen… a ver cómo te digo… ¿no tienen cerradura? Porque claro, eso a mí me da un poco de miedo, con los nietos, con las maletas, no sé, ¿no hay una llave o algo?»
Yo: No, no tienen llave. Tienen pestillo por dentro. Si está usted dentro, nadie entra.
Silencio de veinte minutos.
Pensé que ahí se había acabado. Ingenuo de mí.
Y entonces, dos audios más, aparentemente para nada:
🎙️ 0:47 🎙️ 1:26
Los escuché con la esperanza de que aclararan algo. No aclaraban nada. Eran, básicamente, la misma duda de antes, dicha con otras palabras y una risa nerviosa de por medio.
Audio 3 — el desayuno, ese peligro público
🎙️ (3:02) — «Vale vale, perfecto, gracias. Oye, y otra cosa, que perdona que te vaya preguntando así pero es que así me queda todo más claro, ¿el desayuno cómo es? Porque he visto que es self-service, y yo eso… a ver, no es que no me guste, pero yo estoy acostumbrada a que me atiendan un poco, ¿sabes? ¿No hay nadie que te lo sirva?»
Aquí ya me tocó grabar audio yo también, porque escribir toda la filosofía del desayuno con el móvil mientras se me quemaba el arroz no era plan.
🎙️ Yo (0:41) — «No, señora, es self-service. Café, zumos, fruta, embutidos, bollería… cada uno baja cuando quiere y coge lo que le apetece. Aquí no hay nadie fichando a las ocho de la mañana con bandeja.»
🎙️ 1:04 🎙️ 2:12 🎙️ 0:58
Los siguientes tres audios suyos —los escuché todos, lo juro— fueron, en esencia, la misma pregunta con distintas palabras: si no había manera de que «esos días» contratáramos a alguien para servir la mesa.
Le expliqué que no. Que aquí funciona así, que hay gente que baja a las siete y gente que baja a las once con el pelo de lado y un perro dormido en brazos, y que eso es parte de la gracia.
Silencio. Luego:
🎙️ (0:38) — «Ya, ya, si lo entiendo, eh, si a mí me parece bien, pero pregunto por si acaso…»
Por si acaso qué, señora. Por si acaso yo tenía un camarero escondido en el sótano esperando su reserva.
Audio 4 — las cenas que no eran suficientemente normales
Pasó una hora. Yo ya había colgado las toallas, salvado el arroz y sacado a los perros. Pensaba que se había cansado.
Entonces llegó la siguiente tanda.
🎙️ (2:56) — «Hola otra vez, perdona que te siga dando la turra, jaja, es que se me van ocurriendo cosas… oye, y lo de las cenas, que también lo he visto en la web, que tenéis un sistema así como… no sé, ¿podrías explicármelo? Porque no me ha quedado muy claro, la verdad, y no sé si es lo que buscamos nosotros, que somos una familia clásica, ¿sabes?, de cenar todos juntos en una mesa con mantel.»
Le mandé un audio explicando el sistema: cenas preparadas, sin horarios imposibles, sin depender de encontrar restaurante con perro un sábado de agosto en pleno Empordà.
No le convenció.
Antes de que le diera tiempo a decir nada con sentido, llegaron dos audios más, uno detrás de otro, sobre lo mismo:
🎙️ 1:41 🎙️ 0:52
Y luego, ya con las ideas puestas en orden:
🎙️ (1:33) — «Ya, ya, pero es que nosotros preferimos algo más… normal. ¿No podríais montar algo tipo restaurante esos días? Con carta, digo, algo así como una casa rural normal.»
Yo: No, señora. Este es nuestro sistema. No somos muy normales, la verdad.
Ese mensaje se quedó en visto durante cuarenta minutos. Cuando volvió a escribir, ya no era sobre las cenas.
Audio 5 — el bar de confianza, enemigo público número uno
🎙️ (4:11) — el audio largo, el que llevaba esperando desde por la mañana. Empezaba, cómo no, con «a ver, no sé cómo explicarte esto bien…» y en algún punto, entre digresiones sobre el yerno y las espinas, llegaba a la pregunta real: cómo funcionaba lo del bar, que había visto que era «de apuntar tú mismo lo que coges».
Yo: Sí, señora. Coge lo que quiera y lo apunta en la libreta. Funciona así desde hace veinte años.
🎙️ (1:02) — «Ya, pero claro, ¿y si alguien no lo apunta?»
Yo: Pues allá esa persona.
🎙️ (0:29) — «¿Y no podríais poner a alguien detrás de la barra, esos días?»
Yo: No, señora.
🎙️ (0:47) — «¿Y ese mismo camarero no podría hacer también las cenas?»
Ahí ya me tuve que reír solo, en la cocina, con el móvil en la mano. Claro que sí. Y entre plato y plato, que suba a hacer las camas, saque a los perros, limpie la piscina y compruebe si alguien se ha dejado una Coca-Cola sin apuntar.
No lo grabé. Ya no tenía fuerzas.
Audio 6 — «a mí los perros me encantan, pero…»
Después de comer, cuando ya pensaba que el jueves iba a ser tranquilo, llegó el audio que yo sabía, en el fondo, que tenía que llegar.
🎙️ (3:40) — «Oye, una cosa, que se me olvidaba, lo de los perros… a ver, a mí me encantan, eh, que conste, pero es que mi nieto el pequeño les tiene un poquito de miedo, y he visto fotos de que van sueltos por el jardín y tal… ¿ese fin de semana los podríais tener atados? Digo los vuestros, y bueno, si hay más clientes, pues igual comentárselo también a ellos, para que mi nieto esté tranquilo.»
Se lo expliqué por audio, con toda la paciencia del mundo: que aquí los perros van sueltos porque es una casa pensada para eso, que lo entiendo perfectamente si a un niño le dan miedo, pero que no puedo pedirle a las demás familias —ni a los míos— que pasen el fin de semana atados por comodidad de otra reserva.
Silencio de una hora.
Cuando ya pensaba que el tema estaba cerrado, llegaron dos audios más, en el mismo tono, como si le siguiera dando vueltas ella sola:
🎙️ 2:27 🎙️ 1:15
Audio 7 — la piscina, sin pelos por favor
Y cuando ya daba el tema por cerrado, a las siete de la tarde, con el sol cayendo y yo sentado por fin cinco minutos, llegó el último audio del día.
🎙️ (2:03) — «Vale, última cosa te juro, jaja, perdona el rollo que te estoy dando… lo de la piscina, que se bañan los perros, ¿no? Es que nosotros somos muy de higiene, ¿sabes?, y nos gustaría bañarnos tranquilos, sin… bueno, ya me entiendes, sin pelos ni nada de eso.»
Ahí ya no grabé audio. Escribí, despacio, para que no hubiera duda:
Yo: Señora, creo que lo que usted necesita es alquilar una casa entera para su familia. Con catering, camareros, cocinero y piscina privada. Así no hay perros sueltos, ni pelos, ni desayuno que prepararse, ni cerveza que apuntar.
🎙️ (0:51) — «Ya, pero eso sale carísimo…»
Yo: Duros a peseta hace mucho que ya no se dan, señora.
Pensé que ya habíamos terminado. Pero antes de que llegara el mensaje de texto final, todavía hubo una última tanda, ya sin ninguna pregunta dentro, solo desahogo:
🎙️ 2:14 🎙️ 1:38 🎙️ 3:12 🎙️ 2:01
No los transcribo porque, sinceramente, ya no aportaban nada nuevo. Solo sumaban minutos.
El presupuesto que nunca hizo falta
A las nueve de la noche, cuando yo ya estaba cenando, llegó el mensaje final. Por texto, esta vez. Casi de agradecer.
Ella: Bueno, pues aún así hazme un presupuesto de las 4 habitaciones para esas fechas please 🙏
Se lo hice. Por educación, como siempre.
No he vuelto a saber nada de ella. Ni un audio más.
Pero cada vez que alguien me pregunta si echo de menos las llamadas de teléfono de toda la vida, pienso en aquel jueves, en cuarenta y siete minutos de audios que empezaban todos con «a ver, no sé cómo explicarte esto bien…» y me digo que no. Que no las echo de menos.
Las llamadas, al menos, se acababan.
No todas las casas son para todo el mundo
Esto no va de reírse de una señora. Bueno, un poquito sí. Sobre todo de sus audios.
Pero va, sobre todo, de algo que llevo repitiendo todo este verano: no todos los alojamientos tienen que servir para todo el mundo. Si tienes dudas de verdad antes de reservar una casa rural con perro, aquí tienes lo que yo preguntaría — vallado, piscina, suplementos, restricciones de raza — y no hace falta ni un solo audio para resolverlo.
Mas Torrencito no es una casa rural convencional. Aquí el desayuno es autoservicio, el bar es de confianza, las cenas funcionan a nuestra manera y la piscina es para personas y perros que quieran compartirla. Ya hemos hablado por aquí de la diferencia entre admitir mascotas y ser pet-friendly de verdad, y esta señora, sin saberlo, resumió en cuarenta y siete minutos de audio todo lo que un alojamiento pet-friendly de verdad NO tiene que ofrecer.
No obligamos a nadie a venir.
Pero tampoco vamos a desmontar veinte años de casa —ni a contratar a un ejército de camareros invisibles— para que alguien se sienta en un sitio completamente distinto.
Y, desde luego, tampoco vamos a escuchar cuarenta y siete minutos de audios para llegar a esa conclusión.
Aunque, esta vez, lo hicimos.
Preguntas frecuentes sobre Mas Torrencito (sin necesidad de mandar un solo audio)
No. Tienen pestillo por dentro, así que mientras estás dentro nadie puede entrar. Es el mismo sistema que llevamos usando desde 2005, sin incidentes.
Es autoservicio: café, zumos, fruta, embutidos de la zona, bollería y yogures a disposición desde primera hora. Cada huésped baja cuando le apetece y coge lo que quiere, sin horarios fijos ni personal de sala.
Tenemos nuestro propio sistema de cenas, pensado para que comas cuando te venga bien sin depender de encontrar mesa con perro en plena temporada alta. No es un restaurante à la carte ni pretende serlo.
Un bar de autoservicio en el que cada huésped apunta en una libreta lo que consume. Funciona con la misma lógica que el resto de la casa: confianza y libertad, sin nadie detrás de la barra fichando cada cerveza.
Sí, tanto los nuestros como los de los huéspedes, siempre que sean sociables. Es una casa pensada para que los perros vivan las vacaciones como uno más, no para tenerlos atados o encerrados en la habitación.
Sí. La piscina está pensada para compartirse entre personas y perros, y se mantiene con el mismo cuidado que cualquier otra zona de la casa. Si buscas una piscina exclusivamente humana, probablemente Mas Torrencito no sea tu sitio, y no pasa nada.
No ofrecemos ese servicio. Mas Torrencito funciona con un modelo de autoservicio y cenas propias que forma parte de nuestra filosofía, no un descuido que se pueda «arreglar» contratando personal para una reserva puntual.
Las hay, y es totalmente legítimo buscarlas: casas de alquiler íntegro con catering y servicio privado. Lo que no se puede es pedir ese servicio al precio de una casa rural de habitaciones compartidas.
Mas Torrencito — Parets d’Empordà, Girona. La primera casa rural para mascotas que acepta personas.






