Hoy me he levantado con una pregunta que parece una tontería, pero que, cuanto más la pienso, menos sencilla me resulta.
Dicen que los perros eligen a su dueño. Pero ¿lo eligen por amor… o por conveniencia?
¿Tu perro está contigo porque te quiere… o porque contigo está bien?
Y hay otra que viene justo detrás, y que escuece un poquito más:
Si pudiera elegir dónde vivir, con quién estar y a qué lugar volver… ¿te elegiría a ti?
Ya sé. Son preguntas un poco cabronas para empezar el día.
Uno espera tomarse el café tranquilamente, mirar a su perro y pensar: «Qué suerte tengo, cuánto me quiere».
No ponerse a imaginar si, con la puerta abierta y todas las posibilidades del mundo, el muy sinvergüenza se iría a vivir con el vecino. 😂
Pero mi pregunta no nace de una teoría.
No la he leído en un libro ni en un estudio.
Nace de tres perros que formaron parte de nuestra vida en Mas Torrencito.
Marcelino, Masti Tirurí y D. Markos.
Tres perros que ya tenían una casa. Una familia. Personas que los querían.
Y que, aun así, volvían aquí. Una vez. Y otra. Y otra.
Hasta que los humanos no tuvimos más remedio que hacernos la pregunta en serio.

Tres perros que llegaron con otros nombres (y con muy claras sus ideas)
Lo primero que tengo que confesar es que no se llamaban así.
Jajajajaja.
Sí, sí. Marcelino, Masti Tirurí y D. Markos tenían otros nombres antes de quedarse en Mas Torrencito. Pero ya sabéis que aqui tenemos la «tontería» de que todos tienes que empezar por MA.
La historia del cambio de nombre ya la dejaremos para otro día, porque bastante tenemos hoy con intentar entender por qué cambiaron de hogar. 😂
D. Markos, por ejemplo, era del vecino de arriba.
Tenía su casa y sus dueños. Pero empezó a venir aquí.
Y lo que al principio podía parecer una visita, un paseo o una pequeña excursión fue convirtiéndose en una costumbre.
Con Marcelino y Masti Tirurí pasó algo parecido.
Venían. Los recogían. Volvían.
Y nosotros, mientras tanto, intentábamos hacer lo que tocaba: avisar a sus familias y devolverlos a sus casas.
Porque aquellos perros tenían dueño. No era cuestión de que aparecieran por aquí y nosotros dijéramos: «Pues mira, uno más».
Muchísimas veces sus dueños venían a buscarlos.
Otras veces llamaba yo:
—Oye, que está aquí otra vez.
Y otras me tocaba subirlos al coche y llevarlos de vuelta.
Hasta ahí, todo muy correcto. Muy organizado. Muy humano.
El problema era que los perros tenían otros planes.

Yo los llevaba en coche. Ellos volvían antes que yo
Me aburrí de llamar.
Me cansé de montarlos en el coche.
Y, sobre todo, llegó un momento en que aquello parecía una broma:
Los muy cabrones tardaban menos en volver a Mas Torrencito que yo con el coche. 🤣
Yo haciendo el servicio de traslado, convencido de que por fin cada uno estaba donde debía estar…
Aparcaba, abría la puerta… y ahí estaban. Otra vez.
Debían de mirarme y pensar:
«¿Qué, Miguel? ¿Ya has terminado de dar vueltas? Pues venga, que llevamos un rato esperándote».
Porque nosotros teníamos bastante clara la idea de dónde estaba su casa.
Ellos, por lo visto, no compartían del todo nuestro criterio.
Y ahí empezó algo que hoy, con el tiempo, me parece mucho más profundo de lo que entonces alcanzaba a entender.
¿Cuántas veces tiene que volver un perro a un lugar para que dejemos de verlo como una escapada y empecemos a preguntarnos qué está buscando?
Una vez puede ser curiosidad.
Dos, casualidad.
Pero cuando se repite, cuando lo recoges, cuando lo llevas y vuelve a aparecer… llega un momento en que la pregunta cambia.
Ya no es solamente:
«¿Cómo hacemos para que se quede en casa?».
También empieza a ser:
«¿Qué encuentra aquí para querer regresar tanto?».
Ojo: en sus casas también los querían
Esto quiero decirlo con toda claridad, antes de seguir.
En los tres hogares les daban cariño y amor.
Por eso me parece importante contar esta historia con cuidado y con respeto a sus familias.
Sería muy fácil adornarla para que yo quedara estupendo.
Decir que llegaron porque encontraron aquí el amor que nunca habían tenido. Que reconocieron algo extraordinario en nosotros. Que supieron que Mas Torrencito era su destino.
Quedaría precioso. De película.
Pero yo no sé eso.
Lo que sé es que tenían personas que los querían y que, por algún motivo, preferían volver aquí.
Y esa diferencia importa.
Porque el hecho de que un perro busque otro lugar no nos da derecho a inventarnos lo que ocurría en su hogar ni a juzgar a quienes lo cuidaban.
Puede que aquí encontraran otros perros. Porque en Mas Torrencito los perros de la casa forman parte de todo, y no solo como norma de admisión.
Compañeros de juego.
Más movimiento.
Gente entrando y saliendo.
Olores, rincones, espacio, compañía. Esa vida de perros sueltos, de jardín y de ir y venir que a veces os he contado en cuando los perros hacen de recepción. 😂
Puede que les gustara una combinación de cosas que a nosotros se nos escapa.
Puede que cada uno viniera por un motivo distinto.
No tengo una explicación que sirva para los tres.
Tengo sus historias. Tengo el recuerdo de aquellas llamadas y de aquellos viajes. Y tengo la certeza de que volvían.
El día que dejamos de llevarlos de vuelta
Después de tantas idas y venidas, sus familias y nosotros acabamos hablando.
No fue simplemente que un día aparecieran y nos los quedáramos.
Entre sus dueños y nosotros acordamos que se quedasen en Mas Torrencito.
Porque no conseguíamos que permanecieran en sus casas y ellos seguían regresando aquí.
Los humanos llegamos a un acuerdo.
Los perros llevaban bastante tiempo mostrando su preferencia.
Y hoy pienso que uno de los aspectos más valiosos de esta historia está precisamente ahí: en lo que fueron capaces de aceptar sus familias.
Porque tiene que costar.
Tiene que costar que un perro al que quieres, al que has cuidado y con el que has compartido tu vida se empeñe en irse a otro sitio.
Tiene que removerte por dentro.
Puede que te preguntes qué has hecho mal, aunque no hayas hecho nada mal.
Puede que te duela verlo marcharse.
Puede que te resulte difícil entender por qué vuelve allí, teniendo contigo una casa y cariño.
Yo no sé qué sintió cada uno de sus dueños. No voy a ponerles pensamientos en la cabeza.
Pero sí sé lo que hicieron.
Aceptaron que se quedaran aquí.
Y eso merece un lugar importante en el recuerdo.

Querer a un perro también es aceptar que tiene sus preferencias
Hablamos mucho del amor de los perros hacia nosotros.
De su fidelidad.
De cómo nos esperan.
De lo contentos que se ponen cuando llegamos.
Pero aquella historia también me hace pensar en nuestro amor hacia ellos.
En lo que somos capaces de hacer cuando su preferencia nos duele o no coincide con lo que nosotros querríamos.
Porque es fácil querer a un perro cuando te sigue, te busca y te coloca en el centro de su mundo.
Lo complicado es aceptar que quizá encuentra algo en otro lugar que le gusta tanto que insiste en volver.
Sus familias tuvieron la generosidad de tener en cuenta esa insistencia.
Podían seguir yendo a buscarlos.
Nosotros podíamos seguir llevándolos.
Y ellos podían seguir regresando.
Así hasta el infinito.
Hasta que todos entendimos que aquella situación necesitaba otra solución.
No significa que el cariño anterior desapareciera. Ni que todo lo vivido con sus familias dejara de tener valor.
Significa que aquellas personas fueron capaces de aceptar un cambio difícil.
Y a mí me parece que eso también habla muy bien del amor que les tenían.
Porque en esa decisión hubo espacio para lo que los perros parecían querer.
Aunque los perros, como de costumbre, no se molestaran en explicarlo.
Ni una carta. Ni un audio de WhatsApp. Ni un «gracias por todo, necesito encontrarme a mí mismo».
Nada.
Otra vez en Mas Torrencito y que los humanos resolviéramos el papeleo emocional. 😂
¿Los acogimos nosotros… o nos acogieron ellos?
Siempre podría decir que nosotros acogimos a Marcelino, a Masti Tirurí y a D. Markos.
Y sería verdad.
Les hicimos un sitio en nuestra vida.
Pero cuanto más lo pienso, más me gusta darle la vuelta a esa frase:
A lo mejor fueron ellos los que nos acogieron a nosotros.
Llegaron.
Conocieron el lugar.
Encontraron algo que les gustó.
Y siguieron volviendo hasta que acabamos formando parte de su vida de otra manera.
Nosotros tardamos más en entender lo que estaba pasando.
Ellos, mientras tanto, iban haciendo el camino. Literalmente.
Y eso tiene algo que me emociona.
Porque acostumbramos a contar la convivencia con los perros desde nuestra iniciativa:
«Lo cogí».
«Lo adopté».
«Lo llevé a casa».
«Decidí quedármelo».
Aquí, en cambio, hubo tres perros cuya insistencia cambió lo que habíamos decidido los humanos.
Nos hicieron hablar. Nos hicieron replantearnos la situación. Nos hicieron llegar a un acuerdo.
Y terminaron quedándose.
¿Los perros eligen a su dueño… o eligen el lugar? (Aquí sufre mi ego)
Aquí llega la parte que le da un pequeño mordisco a mi ego.
Porque a mí me encantaría pensar que me eligieron a mí.
Que vieron a Miguel y dijeron:
«Este. Con este queremos vivir».
Pero, siendo sincero, no lo sé.
Quizá eligieron Mas Torrencito.
Quizá yo era una parte de lo que les gustaba de aquí.
Una parte importante, espero.
O quizá era el pesado que los metía en el coche cuando ellos ya habían organizado su tarde. 😂
Puede que les gustara la compañía de otros perros más que mis conversaciones.
Puede que prefirieran el movimiento de la casa.
Puede que aquí encontraran una forma de pasar el día que les encajaba mejor.
Y reconocer esa posibilidad no hace menos bonito lo que vivimos.
Yo los quería. Ellos estaban aquí. Compartimos nuestra vida.
No necesito atribuirme todos sus motivos para valorar aquello.
Pero sí me interesa la pregunta.
Porque a veces, cuando decimos «mi perro me ha elegido», quizá estamos reuniendo en una sola persona todo un mundo que también le gusta.
Su rutina.
Sus compañeros.
Sus lugares.
Las cosas que puede hacer.
Algo de eso hablábamos en ¿vacaciones CON tu perro o vacaciones PARA tu perro?: a veces lo que un perro necesita no es solo a su persona, sino un sitio donde poder ser perro.
Y eso también tiene mucho valor.
¿Y si sus cerebros simplemente saben dónde están bien?
Hay otra idea que hoy me ronda la cabeza.
¿Y si los perros están tan bien «fabricados» que su cerebro les empuja hacia aquello que les hace sentirse bien sin tener que darle tantas vueltas?
Uso «fabricados» entre comillas, que ya me entendéis.
Me refiero a esa capacidad de buscar una compañía, acercarse a una persona o volver a un sitio sin escribir antes una lista de ventajas e inconvenientes.
Nosotros pensamos:
«¿Me quiere?».
«¿Me necesita?».
«¿Me ha elegido?».
«¿Se quedaría conmigo si pudiera vivir en otro lugar?».
Ellos quizá perciben algo y actúan.
Como si hubiera una señal que dijera:
«Con este estás bien. Aquí quieres quedarte».
Sin terapia. Sin dudas. Sin darle vueltas a las tres de la mañana.
O quizá estoy simplificando algo mucho más complicado.
No puedo meterme en su cabeza.
No sé si aquello que yo interpretaba como una elección tenía, para ellos, el significado que nosotros le damos a elegir.
Pero tampoco quiero quitarle importancia a lo que hacían solo porque no podían explicármelo con palabras.
Volver una y otra vez es una conducta que merece atención.
Aunque su significado exacto siga siendo una pregunta.
Amor o interés: una pregunta que también nos toca a nosotros
Empecé preguntándome si un perro nos quiere por amor o por interés.
Y ahora me doy cuenta de que la palabra «interés» viene cargada de mala intención.
Parece que estuviéramos hablando de un pequeño estafador peludo.
Uno que calcula:
«Le hago una carita, le doy la pata y me saco media tostada».
Que algunos tienen ese departamento perfectamente organizado, también os lo digo. 🤣
Pero buscar comida, compañía, cuidados o seguridad no cuenta toda la historia de una relación.
Y aquí nos toca mirarnos un poquito al espejo.
Nosotros también queremos estar cerca de quienes nos hacen sentir bien.
De quien nos escucha.
De quien nos cuida.
De quien nos hace reír.
De quien nos permite descansar y sentirnos a gusto.
¿Acaso todo eso deja de formar parte del amor porque obtenemos algo de la relación?
¿Querer a alguien y disfrutar de lo que nos da tienen que ser cosas separadas?
A mí me cuesta separarlas.
Y quizá por eso la pregunta inicial tiene menos de juicio y más de curiosidad.
Cuando miro a un perro que busca estar cerca de alguien, me pregunto cuánto hay de afecto, cuánto de costumbre, cuánto de bienestar y cuánto de necesidad.
Sin poder medirlo.
Sin poder pedirle que rellene un formulario.
Aunque conociendo a algunos, en el apartado «motivo de la estancia» pondrían «jamón» y nos desmontarían todo el artículo. 😂
Te traiciona por una loncha… pero eso no lo explica todo
Está el chiste de siempre:
«Tu perro te quiere muchísimo… hasta que aparece alguien con comida».
Y sí, puede hacerte una traición espectacular por una loncha.
Puede dejarte hablando solo porque otro ha abierto una bolsa.
Puede recibir con más entusiasmo al que reparte premios y hacerte sentir que llevas años financiando una relación unilateral.
Pero ese momento tampoco resume todo lo que compartís.
Seguir una mano que lleva comida no responde, por sí solo, a la pregunta de con quién quiere vivir.
Ni una mirada demuestra todo el amor del mundo, ni una distracción lo borra.
Por eso las historias de aquellos tres perros me hacen pensar tanto.
No estoy hablando de que un día se acercaran a otra persona.
Estoy hablando de una insistencia que se repetía después de recogerlos y llevarlos a casa.
De algo que terminó haciendo que varias personas nos sentáramos a hablar y cambiáramos la situación.
¿Estamos preparados para que nuestro perro tenga sus propios gustos?
Nos gusta pensar que conocemos a nuestros perros.
Y claro que conocemos muchas cosas de ellos.
Sabemos dónde duermen, qué les gusta, qué les asusta, a quién buscan y qué ruido anuncia una catástrofe gastronómica en la cocina.
Pero conocerlos no significa comprender siempre sus motivos.
A veces nos sorprenden.
Y a veces sus preferencias no coinciden con las nuestras.
Sin ir más lejos: aquí tenemos a Masto y sus ojitos para Mireia.
Yo puedo presentarle mi currículum completo de servicios prestados: paseos, comidas, mimos, veterinario, años de dedicación…
Él mantiene sus prioridades. 😂
Lo llevamos con humor, pero detrás hay una idea que merece atención:
Nuestros perros tienen una vida que intentamos comprender desde la nuestra.
Nosotros interpretamos sus acercamientos, sus distancias, sus ganas de jugar o de estar tranquilos.
Y a veces acertamos.
Otras veces quizá les atribuimos algo que nos gustaría que sintieran.
Por eso, cuando pienso en Marcelino, Masti Tirurí y D. Markos, intento no ponerles en la boca lo que a mí me gustaría oír.
Me quedo con lo que hicieron, que ya dice bastante.
No sé por qué eligieron quedarse. Sé lo que provocaron en nosotros
No sé por qué eligieron quedarse. Pero sí sé lo que provocaron en nosotros.
Su insistencia nos hizo escuchar.
Lo que sí sé es que su insistencia nos hizo escuchar.
Nos hizo reconocer que no bastaba con llevarlos de vuelta.
Nos hizo hablar entre nosotros.
Y nos hizo aceptar una situación que ellos llevaban tiempo empujando con sus patas.
También sé que sus familias merecen mi agradecimiento.
Porque esta historia pudo continuar aquí gracias a un acuerdo en el que hubo cariño y generosidad.
Cuando los recuerdo, quiero recordar también eso.
A las personas que venían a buscarlos.
A quienes recibían mis llamadas.
A quienes, finalmente, aceptaron que se quedaran.
Forman parte de la historia de aquellos perros, aunque los nombres con los que yo los recuerdo llegaran después.
Y esto no acaba aquí…
Porque Marcelino, Masti Tirurí y D. Markos no llegaron igual.
Cada uno tuvo su forma de aparecer, su manera de instalarse y su forma muy particular de dejarnos claro que no pensaba irse.
En los próximos posts os contaré la historia de cada uno.
Cómo llegó D. Markos desde la casa de arriba.
Cómo se coló Marcelino en nuestra vida.
Qué hizo Masti Tirurí para ganarse su sitio.
Y, por supuesto, de dónde salieron esos nombres. Os dejo una pista: aquí tenemos la «tontería» de que todos empiecen por «Ma». 😂
Si no podéis esperar, a D. Markos y a Masti Tirurí ya los conocisteis un poquito en nuestro archivo vivo de Moments MasTorrencito.
Tres recuerdos y una pregunta abierta
Hoy no tengo una conclusión definitiva sobre el amor de los perros.
Tengo a Marcelino, a Masti Tirurí y a D. Markos en la memoria.
Tengo los viajes en coche.
Las llamadas.
Las vueltas.
Y aquella mezcla de desconcierto y risa al comprobar que otra vez estaban aquí.
Tres perros que tenían un hogar y acabaron quedándose en otro.
Quizá me eligieron a mí.
Quizá eligieron a otros perros.
Quizá eligieron la vida que había en Mas Torrencito.
Quizá eligieron todo junto, sin separar las cosas como intento hacer yo ahora.
Lo que sé es que, cuando les hicimos un sitio definitivo, llevaban tiempo regresando a él.
Y cuando pienso en aquello me sale una frase:
Nosotros les abrimos la puerta. Ellos llevaban tiempo señalándonos dónde querían estar.
Ahora te pregunto a ti.
¿Tu perro ha buscado alguna vez a otra persona o ha insistido en volver a un lugar de una forma que no sabes explicar?
¿Qué crees que encontraba allí?
Y la pregunta más difícil de hoy:
Si pudiera elegir dónde vivir… ¿crees que se quedaría contigo?
Y si prefiriera otro hogar donde también lo quisieran y estuviera bien… ¿serías capaz de dejarlo quedarse?
Yo entiendo que esa pregunta cueste.
Por eso hoy, además de recordar a tres perros, recuerdo la generosidad de sus familias.
Y me sigo preguntando quién acogió a quién.
Porque nosotros acordamos que podían quedarse.
Ellos ya habían hecho el camino de vuelta. 🐾
Cuéntamelo en comentarios. Te leo. 🐶
FAQs
Muchos perros buscan de forma constante a una persona o un lugar. Si eso es «elegir» como lo entendemos nosotros, no lo sabemos con certeza, pero esa insistencia merece atención.
El afecto y el bienestar pueden ir juntos. Que tu perro disfrute de tus cuidados no significa que su vínculo contigo sea solo interés.
Puede buscar otros perros, más espacio, movimiento o una rutina que le gusta. Una escapada no significa que quiera cambiar de hogar, pero si se repite, conviene preguntarse qué encuentra allí.
Lo primero, asegurarse de que no hay un problema de seguridad o de vallado, y hablar con las personas de esa casa. En nuestro caso, tras mucho tiempo de idas y venidas, sus familias y nosotros acordamos que se quedaran en Mas Torrencito.
Mas Torrencito — Parets d’Empordà, Girona. La primera casa rural para mascotas que acepta personas.






