O la historia de Nela en una higuera, Don Markos en una encina y el día que los cuatro decidieron desaparecer a la vez.
Hay cosas que, cuando llevas años viviendo rodeado de perros, crees que ya tienes controladas.
Las puertas.
Los agujeros.
Los despistes.
El típico cliente que entra mientras otro sale.
El perro que aprovecha dos segundos de distracción para declararse explorador profesional.
Pero hay una que nosotros aprendimos tarde, mal y a base de sustos:
Si no encuentras a un perro, antes de volverte loco… mira hacia arriba.
Sí, hacia arriba.
Porque en Mas Torrencito hemos buscado perros por habitaciones, salones, cocinas, debajo de camas, en el jardín, en los campos de al lado y hasta por carreteras que no queríamos ni imaginar.
Y resulta que algunos estaban tan tranquilos en un árbol.
Ayer desapareció Nela
Ayer iba camino de Sant Pere Pescador a comprar flores cuando me llamó un cliente.
—Miguel, ¿has visto a Nela? No aparece.
Nela es una bodeguera preciosa. Juguetona, linda, encantadora… y, como buena bodeguera, con una mirada que ya te avisa de que ella tiene ideas propias.
Lo primero que hice fue mirar las cámaras.
Por la puerta no había salido.
Así que movilizamos a Mire, a las chicas y a quien pillamos por allí. Habitaciones, salones, cocina, piscina, bungalow, jardín… Una vez. Dos veces. Tres.

Nada.
Yo ya iba acojonado. Compré veinte plantas a toda leche, volví disparado y hasta me metí por los campos buscando por si había encontrado alguna salida imposible.
Una hora después seguíamos en el jardín, llamándola y mirando cada rincón.
Hasta que Miguel, que estaba ayudando a buscar, dijo:
—Eyyy… ¡aquí!
¿Dónde estaba Nela?
🌳 A tres metros de altura, subida en una higuera.
Calladita. Tranquila. Escondida entre las hojas. Viéndonos buscarla como gilipollas.
Nela no estaba perdida.
Los perdidos éramos nosotros. 😂
Y lo mejor es que no era la primera vez.
Don Markos, el cojo, y el rescate más absurdo de Mas Torrencito
Hace muchos años desapareció Don Markos.
Nuestro Markos. El cojito. El que olía a perfume, marcaba los besos y bajaba «poc a poc» hacia el río.
Toda la tarde buscándolo.
Luego la noche.

Llamándolo por el terreno. Recorriendo el jardín. Mirando caminos. Volviendo a mirar donde ya habíamos mirado. Con esa mezcla horrible de miedo, rabia y culpa que te entra cuando no sabes dónde está tu perro.
Y nada.
No estaba.
O eso creíamos.
Porque otra vez habíamos cometido el mismo error:
no miramos hacia arriba.
Don Markos se había subido a una encina.
Sí. Don Markos. Cojito. En una encina.
No sabemos cómo coño llegó hasta allí. No había una explicación razonable, ni una escalera, ni un plan aparente. Pero allí estaba el tío, metido entre las ramas, mientras nosotros abajo montando una tragedia griega.
Tuvimos que llamar a los bomberos.
Y aquello fue un puto show.
Sirenas. Luces. Camión. Gente mirando. Los bomberos haciendo fotos e intentando buscar una explicación técnica a cómo un perro cojo había terminado subido a una encina.
Solo faltó una ambulancia, un helicóptero y que alguien acordonara la zona.
Don Markos fue rescatado. Los bomberos se fueron probablemente con una de las historias más raras de su semana. Y nosotros aprendimos que, en esta casa, lo improbable no existe.
Desde entonces sabemos que un perro puede esconderse bajo una cama.
Pero también puede decidir ser ardilla.
Y luego está el día que se escaparon los cuatro
Porque una cosa es encontrar a Nela en una higuera.
Y otra muy distinta es bajar un día y darte cuenta de que no queda ninguno.
Masto.
Maky.
Mamas.
Mastitwo.
Los cuatro desaparecidos.
Y lo que me activó la alarma no fue un ladrido, ni una puerta golpeando, ni una cámara.
Fue el silencio.
Demasiada calma.
En una casa con cuatro perros, cuando de repente no se oye absolutamente nada, algo no cuadra. Bajé, los llamé… y no vino ninguno.
Ahí ya me mosqueé de verdad.
Lo primero que haces es buscar por tu propio terreno. Aunque ya intuyas que no están allí. Porque el cerebro necesita creer que están dormidos detrás de una mata, en un rincón imposible o haciendo una reunión secreta.
Nada.
Luego los campos de al lado.
Nada.
Después ya coges el coche.
Porque llega un momento en el que comprendes que ya no estás buscando: estás intentando encontrarlos antes de que el miedo te monte una película en la cabeza.
Empezaron a aparecer.
Primero Mamas, a un kilómetro.
Luego Maky, a dos.
Después Mastitwo, cerca de Bàscara.
Uno a uno, para casa.
Pero faltaba Masto.
Y buscamos.
Y buscamos.
Y buscamos.
Avisamos a grupos del pueblo. Publicamos en redes. Hicimos carteles. Vinieron amigos desde Vilobí d’Onyar, Sant Julià, Bàscara, Banyoles… Gente dejando lo suyo para echar una mano a buscar a un perro que ni siquiera era suyo.
Imprimimos carteles con su foto y salimos a pegarlos. Supermercados, bares, otras casas rurales, restaurantes, gasolineras… pueblo por pueblo, de los de al lado a los de más allá.
Y aquí va lo absurdo de verdad: muchos de esos sitios sabíamos, casi seguro, que Masto no iba a estar. Un perro no entra solo a comprar el pan. No se sienta en la barra de un bar. No para a repostar.
Pero fuimos igual.
Porque cuando te falta un perro no razonas con la cabeza, razonas con el miedo. Y el miedo no entiende de probabilidades: solo entiende de que hay que hacer algo, lo que sea, aunque sepas de antemano que ese cartel en el mostrador de una gasolinera probablemente no sirva de nada.
Y a veces sirve. Alguien lo ve. Alguien pregunta. Alguien se acuerda tres días después de haber visto pasar a un perro por una carretera y ata cabos. Por eso se hace: no porque tenga toda la lógica del mundo, sino porque la otra opción —quedarte en casa esperando— es peor.
Pasó un día.
Pasaron dos.
Pasaron tres.
Y cuando te falta un perro, da igual que tengas trabajo, clientes, cosas que hacer o que el mundo siga funcionando: hay una parte de tu cabeza que no se va de allí.
¿Dónde estará?
¿Habrá comido?
¿Habrá bebido?
¿Alguien lo habrá recogido?
¿Sabrá volver?
Hasta que, a las once de la noche del tercer día, llamó una vecina.
—Miguel, creo que tengo a Masto aquí.
Allí estaba.
Limpio. Sin hambre. Sin sed. Tan campante.
¿Dónde estuvo Masto tres días?
Yo no quiero insinuar nada.
Pero por los caminos… mucho me temo que no. 😂
El minuto en que se te para el corazón
Cuando se pierde un perro, aunque solo sean cinco minutos, el cuerpo se pone en modo alarma.
Primero piensas:
—Seguro que está por aquí.
Después:
—No puede haber salido.
Luego:
—¿Y si ha salido?
Y entonces ya empiezas a correr, a llamarlo, a revisar el móvil cada diez segundos y a imaginar historias que no quieres imaginar.
Por eso, cuando veáis una publicación de un perro perdido, no penséis: «Seguro que vuelve solo».
Compartidla.
Mirad bien la foto.
Si estáis por la zona, abrid los ojos.
Preguntad.
Una llamada, un comentario o alguien que lo reconoce a tiempo puede ser la diferencia entre una noche de angustia y una familia respirando otra vez.
Qué hacer si se te pierde un perro
Si os pasa a vosotros, moveos rápido:
- Revisad primero el terreno cercano — y mirad hacia arriba.
- Avisad a vecinos, grupos locales, veterinarios y protectoras de la zona.
- Publicad en redes con foto reciente, zona y hora aproximadas, y un teléfono de contacto directo.
- Si estáis alojados en una casa rural, avisad también a los propietarios: conocen el terreno y los caminos mejor que nadie.
- Si pasa el tiempo, contactad con Policía Local o Guardia Civil.
No da vergüenza pedir ayuda.
Da mucha tranquilidad saber que hay más ojos buscando.
Y ahora os toca a vosotros
Porque Nela nos hizo reír cuando la encontramos subida a una higuera.
Don Markos nos dejó el rescate más surrealista de la historia de la casa.
Y Masto nos recordó que cuando un perro falta, el mundo se queda raramente en silencio.
Pero estamos seguros de que vosotros tenéis historias mejores.
🐾 ¿Cuál ha sido el escondite más absurdo de vuestro perro?
🐾 ¿Os habéis vuelto locos buscándolo y estaba dormido dentro de casa?
🐾 ¿Se escapó por una puerta, un agujero, una ventana o por alguna vía digna de una película?
🐾 ¿Habéis tenido que llamar a vecinos, amigos, bomberos, policía o a media familia?
🐾 Y la pregunta importante: ¿alguno de los vuestros también ha decidido que era un animal arborícola?
Contádnoslo en comentarios.
De verdad. Queremos leerlas todas.
Porque después de Nela en una higuera, Don Markos en una encina y Masto volviendo tres días después como si hubiera estado de vacaciones…
en Mas Torrencito ya nos creemos cualquier cosa. 🌳🐶
Preguntas frecuentes
Antes de salir corriendo a buscar por caminos y carreteras, revisa a fondo el propio terreno: habitaciones, jardín, alrededor de la piscina y, sobre todo, mira hacia arriba. Muchos perros no se han escapado: están subidos a un árbol, escondidos entre ramas o en algún rincón que no esperas. Solo si el rastreo cercano no da resultado, amplía la búsqueda hacia fuera.
Porque, aunque no es lo habitual, algunos perros pueden subir a árboles inclinados, muros, construcciones bajas o quedarse atrapados en altura mientras juegan, persiguen algo o curiosean. Nela en una higuera y Don Markos en una encina nos enseñaron que, antes de dar por hecho que ha salido del terreno, conviene mirar también donde nadie espera encontrarlo.
No hay un tiempo fijo. Algunos aparecen en minutos, otros a las pocas horas y, en casos como el de Masto, después de varios días. Depende del carácter del perro, del terreno, de si hay comida y agua accesibles y de si alguien lo recoge por el camino. Por eso conviene avisar cuanto antes: cuanta más gente esté alerta, antes suele aparecer.
Cuanto antes a vecinos, grupos locales de Facebook o WhatsApp del pueblo, la protectora y el veterinario más cercano de la zona, y a la Policía Local o Guardia Civil si ha pasado bastante tiempo. Si estás alojado en una casa rural, avisa también a los propietarios: conocen el terreno y los caminos mucho mejor que tú.
Foto reciente y clara, raza o tipo, nombre, zona y hora aproximada donde se perdió, y un teléfono de contacto directo. Cuanto más simple y visible, mejor: la gente decide en segundos si comparte o no una publicación.
Sí, si el perro está en un lugar al que no puedes acceder sin ponerte en peligro ni ponerlo más nervioso. No intentes trepar, sacudir ramas ni improvisar rescates: llama al 112 y explica la situación. Con Don Markos aprendimos que a veces hace falta ayuda profesional… aunque después los bomberos se lleven unas cuantas fotos y una historia imposible de explicar.
Revisa que las zonas donde vaya a estar suelto estén bien valladas, no lo dejes solo en momentos de mucho trasiego de gente (entradas, salidas, otros huéspedes), y ponle una chapa o collar con un teléfono de contacto visible, además del microchip.
Mas Torrencito — Parets d’Empordà, Girona. La primera casa rural para mascotas que acepta personas.






