Hoy me operan de dos hernias. Nada grave, dicen. Cirugía de las de toda la vida, de las que te duermen, te arreglan y te mandan para casa.
Pero anestesia general al fin y al cabo. Y ya se sabe: entrar entras… a ver si sales.
Ingreso a las ocho de la mañana. Así que todavía estoy en casa, en ese rato raro en que no consigues dormir. Y eso que para dormir ya tengo mis manías un día cualquiera. Imaginaos esta noche.
En esas horas raras, esperando a que llegue la hora de ir para allá, se me ha colado una pregunta: ¿y si no despierto?
No lo digo en plan dramático. Lo digo en plan curioso. Y la respuesta que me ha venido no es triste, sino liberadora.
Lo que se me pasó por la cabeza
Pensé en Mireia. En los amigos. En la familia. En la manada torrencitense. En esta masía que hemos levantado piedra a piedra durante casi veinte años.
Y me he dado cuenta de algo bonito: si no despertara, el mundo seguiría girando.
La masía, con sus quinientos años a cuestas, seguiría en pie. Los perros de la casa seguirían recibiendo a los huéspedes con la misma alegría de siempre. Mireia seguiría. Los amigos seguirían quedando para comer, recordándome con cariño y con ese humor negro que tanto nos gusta.
El único que se moriría de verdad sería el blog. No porque sea lo que más me importa —ni de lejos—, sino porque es lo único de todo esto que de verdad depende solo de mí. Ese sí que no lo escribe nadie más.

Repasando la película
Y entonces, ya puesto a pensar cosas raras a las tantas de la noche, me ha dado por repasar la película completa.
Desde que dejé Salamanca, las aulas y la tiza, hasta hoy. Un profesor de diseño gráfico que un día decidió venirse al Empordà a levantar una casa rural en una masía del siglo XV, sin tener ni puñetera idea de dónde se metía. Y casi veinte años después sigo aquí. Todavía de pie. Todavía discutiendo con Booking. Todavía peleándome con la lavadora.
Cuando haces balance, sale de todo un poco: amigos de verdad, un oficio que no sabía que iba a ser el mío, esta tierra y esta luz que no se parecen a nada. Y sobre todo Mireia.
Ha sido una vida entera metida en veinte años.
Sí, también ha habido inspecciones, IVAs, retenciones y visitas de Hacienda. Pero hasta eso forma parte del cuento. Y con los años, se aprende a reírse hasta de eso.
La vida es un cuento con principio y final. El medio lo escribimos nosotros con nuestros actos. Y cuando miro atrás, veo que he escrito un muy buen medio.
Y entonces, ¿para qué sirve pensar esto?
Pues para darse cuenta de una cosa: que la única putada real sería irte dejando sin decir lo importante.
Porque lo que de verdad se rompería no sería ningún engranaje, sino la gente que te quiere. Y que se quedaría con ganas de un abrazo más, de una tontería más.
Por eso esta noche, en vez de miedo, me ha venido una calma enorme. Porque si lo único que de verdad importa cabe en unos pocos nombres, es que llevo veinte años invirtiendo el tiempo donde tocaba.
Así que nada
En unas horas ingreso. Me arreglan las dos hernias y esta tarde ya estaré en casa despotricando contra los puntos de sutura como si fueran lo peor que me ha pasado en la vida (spoiler: no lo son).
Si esta noche de insomnio ha servido para algo, ha sido para dar las gracias: a Mireia, a los amigos, a la familia, a toda la manada torrencitense y a esta casa que un día empecé sin saber muy bien en qué me metía.
Hoy es lo que es gracias a tanta gente que ha estado a mi lado.
Nos vemos al otro lado. Con hernia arreglada y las mismas ganas de seguir escribiendo el resto del cuento.
— Miguel





