Hay una pregunta que recibo todos los veranos, puntual como el calor del Empordà en julio: «¿Por qué en julio y agosto cuesta más que en febrero?»
Es una pregunta razonable. Y merece una respuesta honesta, con números reales y sin florituras. Porque la respuesta no es «porque podemos» ni «porque hay más demanda» —que también, claro—, sino porque en verano, gestionar una casa rural por habitaciones como Mas Torrencito cuesta bastante más dinero. Punto.
Vamos a verlo.
El gran malentendido: «en invierno también tienes gastos»
Sí. En invierno tienes calefacción. Lo sé. Lo pago yo también.
Pero hay una diferencia fundamental entre calefactar una casa rural y enfriarla, mantener una piscina abierta, regar un jardín en plena época sin lluvias y altas temperaturas estival del Empordà y tener todos los recursos a pleno rendimiento durante semanas seguidas sin respiro.
En invierno, una casa rural por habitaciones como la nuestra puede funcionar a media máquina. Menos ocupación, menos consumo, menos personal, menos de casi todo. En verano, todo está al 100% —y muchos días, al 110%—.
Aquí van los gastos que se disparan en verano y que la mayoría de los huéspedes no ve (ni tiene por qué ver, para eso estamos nosotros).
1. Climatización: el monstruo invisible
En invierno, la calefacción en una casa rural con cierto volumen de construcción es un gasto notable, sí. Pero tiene una ventaja: puedes modularla. Enciendes cuando hay huéspedes, bajas el termostato de noche, cierras zonas que no se usan.
En verano, el aire acondicionado no funciona igual. Las habitaciones se caldean durante el día aunque nadie esté dentro. Los huéspedes llegan a las 15:00 h con el coche, agotados, y quieren la habitación a 22°C ya. No dentro de dos horas: ya.
En Mas Torrencito tenemos climatización en todas las habitaciones y en las zonas comunes. En julio y agosto, los equipos funcionan prácticamente sin parar desde media mañana hasta la madrugada.
Y aquí viene una inversión que hemos hecho este año precisamente para intentar controlar ese gasto: hemos instalado en todas las habitaciones dispositivos de presencia que detectan si hay alguien dentro. Si no hay nadie, el aire se apaga solo. Automáticamente. Sin dramas.
Una aclaración importante antes de que nadie se alarme: no son sensores de movimiento. Son sensores de presencia térmica — detectan el calor corporal. Eso significa que si estás durmiendo la siesta, tumbado en la cama leyendo o tu perro está echado en su rincón favorito, el aire sigue funcionando con total normalidad. El sensor os detecta perfectamente aunque no os mováis. Solo se apaga cuando la habitación está realmente vacía — sin personas, sin mascotas, sin calor vivo dentro.
¿Por qué lo instalamos? Porque si hay una constante universal en la hostelería, es esta: el aire acondicionado encendido a tope, con la ventana abierta de par en par, y la habitación vacía porque los huéspedes están en la piscina desde las 11 de la mañana.
¿Cuántas veces me he encontrado esa situación? Muchas. Muchísimas. Las que no te puedes ni imaginar.
Y ojo — no lo digo con rabia ni con retintín. Lo entiendo perfectamente. Estás de vacaciones, tienes calor, sales pitando a la piscina y te olvidas. A todos nos puede pasar. Por eso cuando instalamos los dispositivos se lo explicamos a los huéspedes con total transparencia: «Esto es para esto. Si os quedáis sin aire al volver, es que el sensor ha detectado que no había nadie. No es una avería. Es que funciona.» Le quitamos hierro, lo dejamos claro, y todo el mundo lo entiende perfectamente.
Pero que conste: ese dispositivo también tiene un coste. Que también suma en la factura. Que también explica, en parte, por qué una habitación en agosto cuesta lo que cuesta.
¿Cuánto cuesta eso? Depende del año, del precio de la energía y de cuánto calor haga. Pero hablamos de multiplicar por 2,5 o por 3 el consumo eléctrico respecto a meses de temporada media. Nosotros tenemos una instalación solar de 72 paneles con 48 kWh de baterías BYD, lo que amortigua una parte —y aun así, la factura en agosto hace daño.
Sin energía solar: el daño es directo, sin anestesia.
Y luego están los grandes olvidados del contador eléctrico: las neveras del bar, la máquina de hielo y el botellero de cervezas. Esos no tienen temporada baja. Esos no tienen modo ahorro. En invierno trabajan, sí — pero en agosto trabajan el doble, con la puerta abriéndose cada diez minutos y el ambiente exterior a 35°C luchando contra ellos sin parar. Si tuviera que calcular cuántas horas descansan al día en pleno agosto, diría que entre las 2 y las 4 de la madrugada se toman un pequeño respiro. El resto del tiempo: zumbando. Consumiendo. Sumando en la factura.

2. La piscina: ese lujo que cuesta dinero cada día
Una piscina elevada como la nuestra, con acceso para perros y uso intensivo en verano, no es un elemento decorativo. Es una instalación que requiere:
- Tratamiento del agua diario: cloro, pH, algicidas, floculantes. En verano, con más bañistas, más calor y más horas de uso, el consumo de productos se dispara.
- Bomba de filtración funcionando más horas: en temporada alta, el ciclo de filtración se alarga para mantener el agua en condiciones. Más horas = más consumo eléctrico.
- Revisión y limpieza diaria: alguien tiene que pasarle el robot, comprobar el agua, limpiar el rebosadero. Todos los días. Sin excepción.
- Mermas por evaporación: en pleno agosto con 35°C y viento de tramontana, una piscina puede perder varios centímetros de agua a la semana. Hay que reponerla.
- El agua que se va con los bañistas: y aquí viene el dato que siempre provoca la misma reacción. En Mas Torrencito, en plena temporada, rellenamos la piscina con más de 5.000 litros de agua al día. Sí, has leído bien. Cinco mil litros.
La reacción habitual cuando lo cuento es siempre la misma: «¡Ostias! ¿Tienes fugas?»
No. No tengo fugas.
Lo que tengo son perros. Perros felices, perros que adoran el agua, perros que entran y salen de la piscina sin parar. Un perro de aguas —de esos que parecen una fregona con patas— sale de la piscina llevándose literalmente 5 litros encima. Multiplícalo por los accesos que hace en un día. Multiplícalo por diez perros. Multiplícalo por las personas que también salen chorreando, por los chapoteos, por las salpicaduras que acaban en el jardín en vez de en la piscina.
Haz tú mismo el cálculo.
Ahora que lo has hecho… sí. Ya te has dado cuenta. Bienvenido al lado oscuro de tener una piscina con acceso para perros en agosto en el Empordà.
En invierno, la piscina está cerrada. Gastos: prácticamente cero salvo el mantenimiento de conservación. En verano, es una línea de costes diaria que no para — en agua, en productos, en energía y en kilos de arena que el robot limpia del fondo cada mañana.
3. El jardín y el riego: agua, agua y más agua
El Empordà en verano no es precisamente un jardín verde por naturaleza. Para que lo sea —y los huéspedes disfruten de zonas exteriores con césped, sombra y vegetación— hay que regar. Mucho. Y el agua en verano, entre el consumo de la piscina, la cocina, los baños y el riego, es otro capítulo de factura que en invierno directamente no existe a ese nivel.
Hablamos de sistemas de riego automatizados que funcionan de madrugada para minimizar la evaporación, pero el consumo es el que es. Y el coste del agua también.
4. El personal: más huéspedes, más trabajo
En invierno, una casa rural por habitaciones con baja ocupación puede gestionarse con menos manos. En verano, con todas las habitaciones ocupadas durante semanas seguidas:
- Las habitaciones rotan más rápido y hay que limpiarlas a fondo entre estancias.
- El desayuno tiene más comensales cada mañana.
- La atención al huésped se multiplica: más preguntas, más necesidades, más incidencias.
- El mantenimiento es constante: una mosquitera rota, un grifo que gotea, una persiana que no sube, el Wi-Fi que «va lento» (siempre en agosto, nunca en noviembre).
Más personal, más horas, más coste. Y el personal en verano, además, tiene un coste de oportunidad mayor: todo el mundo quiere trabajar en verano, lo que encarece la contratación.
5. Los seguros, la amortización y los imprevistos: gastos que no distinguen estación
Aquí está la parte que la mayoría de la gente no calcula cuando piensa en el precio de una habitación rural.
Una casa rural es una inversión permanente. La caldera, los equipos de climatización, la piscina, los electrodomésticos, las camas, los colchones, los sistemas de seguridad, el software de gestión… Todo se amortiza, todo se desgasta, todo hay que reponerlo eventualmente.
Y el seguro del establecimiento, el IVA, el IAE, los suministros mínimos, la plataforma de reservas con su comisión —en nuestro caso Booking.com se lleva un 17%—… Eso existe en enero y en agosto por igual.
Lo que ocurre es que en verano es cuando el alojamiento genera la mayor parte de sus ingresos anuales. Esos ingresos tienen que cubrir los gastos de todo el año, incluidos los meses de baja ocupación. Si no lo hacen, el negocio no es sostenible.
Lo que ha subido todo… menos aparentemente yo
Antes de hablar del Mobile World Congress, déjame ponerte un dato encima de la mesa que no tiene trampa ni cartón.
En 2005, cuando abrí Mas Torrencito, cobraba 55 € por persona y noche en temporada de invierno y 65 € en verano. En régimen de alojamiento y desayuno. Es decir: habitación más desayuno incluido.
Hoy, en 2026, cobro 65 € por persona y noche. Solo alojamiento. Sin desayuno.
Que cada uno haga los números.
Mientras tanto, esto es lo que ha hecho el precio del litro de leche en el supermercado durante ese mismo periodo:
| Periodo | Marca blanca | Marca líder |
|---|---|---|
| 2000 (últimos coletazos de la peseta) | 0,51 € – 0,57 € | 0,66 € – 0,72 € |
| 2002 – 2010 (estabilidad del euro) | 0,58 € – 0,62 € | 0,75 € – 0,85 € |
| 2011 – 2020 (la guerra de la leche) | 0,55 € – 0,59 € | 0,79 € – 0,85 € |
| 2021 – 2023 (inflación histórica) | 0,90 € – 0,95 € | 1,15 € – 1,30 € |
| 2026 (actualidad) | 0,89 € – 0,92 € | 1,10 € – 1,25 € |
La leche de marca blanca ha pasado de 0,54 € a 0,90 €. Un +67% en 26 años. Y nadie llama al supermercado a decirle que ha subido los precios.
¿Quieres datos de hoy mismo? El 22 de junio de 2026, en el supermercado online: leche entera Asturiana a 1,29 €/litro. Leche semidesnatada Asturiana a 1,17 €. La marca blanca de El Corte Inglés, la más barata de la foto, a 0,86 €. En 2005, la leche entera Asturiana costaba alrededor de 0,68 €. Eso es un +90% en 21 años.

Pero si quieres el dato que a mí personalmente me dejó sin palabras esta mañana, te cuento que he encontrado un catálogo antiguo del Pryca —sí, el Pryca, el que luego fue Carrefour— de finales de los años 90. En él aparece, entre los garbanzos, el tomate frito Orlando y las pastas Gallo, un saco de Purina Dog Chow de 4 kg a 925 pesetas. Que son, al cambio, 5,56 €.
Ese mismo saco de Dog Chow de 4 kg hoy cuesta entre 22 y 26 € en cualquier supermercado. Un +330% en aproximadamente 25 años.

Fíjate además en el detalle del catálogo: el pienso estaba en la sección de Alimentación, junto a los garbanzos y el arroz. Como si fuera un producto más de la cesta de la compra. El mercado de mascotas ha cambiado tanto que hoy tiene lineales propios, tiendas especializadas, veterinarios nutricionistas y marcas premium que cuestan más que la comida humana. Y nadie discute esos precios.
Yo he pasado de 55 € a 65 € por persona. Un +18% en 21 años. Con la energía, el agua, el personal, los productos de limpieza, los seguros, las plataformas de reserva y la fiscalidad de 2026.
Pero es que hay un detalle que convierte este argumento en algo directamente surrealista.
En 2005, Mas Torrencito no tenía piscina. No tenía aire acondicionado. Y wifi… bueno, wifi había lo que había en 2005 en una masía del Empordà: básicamente nada, o algo tan parecido a nada que daba igual.
En 21 años he añadido una piscina elevada de agua salada con acceso para perros, climatización en todas las habitaciones y zonas comunes, wifi de alta velocidad, una estación de baño canina profesional, y he quitado el desayuno del precio base. He multiplicado por mucho el valor del producto.
El precio por persona ha subido un 18%.
Y aun así, hay quien llama a decirme que he subido los precios.
El Mobile World Congress y el doble rasero de los precios
Permíteme un momento de sinceridad que igual te resulta incómodo.
Cada año, en febrero, el Mobile World Congress llega a Barcelona. Los hoteles de la ciudad —y de buena parte del área metropolitana— multiplican sus tarifas por tres, por cuatro, por cinco. Una habitación que en enero cuesta 90€ aparece en esas fechas a 350€. Sin piscina. Sin jardín. Sin desayuno incluido. Sin perros. Sin nada especial.
¿Alguien se queja? No. Todo el mundo lo da por hecho. «Es que hay congreso.» «Es que hay mucha demanda.» «Es que así funciona el mercado.»
Lo mismo pasa durante la Feria de Abril en Sevilla, la San Fermín en Pamplona, la Semana Grande en Bilbao, o cualquier evento que concentre demanda en un punto geográfico durante unos días. Los precios se disparan y nadie pone el grito en el cielo. Es la ley de la oferta y la demanda, y todo el mundo la acepta con naturalidad.
Ahora bien.
Yo subo 5€ una habitación en agosto —porque la luz ha subido, porque el agua ha subido, porque el gas ha subido, porque todo ha subido excepto aparentemente lo que cobro yo— y de repente aparece el comentario: «Es que han subido los precios.» Dicho en ese tono. Con ese retintín.
Déjame contarte una historia real de este verano.
Me llama una señora diciéndome que es clienta habitual. El primer indicio de que algo no cuadra: su número no me suena de nada. Si fuera clienta habitual, lo tendría grabado — porque así funciona esto, los que vuelven repiten y los que repiten se quedan en la agenda. Pero bueno, le doy el beneficio de la duda.
Me dice que quieren volver este verano. Estupendo. Que si tienen habitación libre. Que si la misma donde estuvieron. Que si hacemos cenas.
Ahí ya lo sé. Cuando alguien pregunta si seguimos haciendo cenas, lleva como mínimo tres o cuatro años sin venir — porque las cenas llevan tiempo siendo bajo petición previa, no espontáneas. Pero sigo sin decir nada.
Me pide precios. Se los doy. Y entonces llega:
«Jooo… sí que habéis subido precios.»
Le pregunto cuándo estuvo con nosotros. Me dice que no lo recuerda exacto, que «un par de años.» Le pido el nombre, busco en el correo, busco en las reservas antiguas…
Y la encuentro. Tenía que tirar hasta cuando usaba agenda de papel, pero la encuentro. El mail era el mismo. La reserva, perfectamente documentada.
Era de 2012.
Ahí lo dejo.
Y yo me pregunto, genuinamente, si la persona que escribe eso ha revisado alguna vez el precio de la leche, de la gasolina, de la hipoteca, de la cesta de la compra o de su propio sueldo en los últimos cinco años. Porque todo ha subido. Todo. Menos, al parecer, lo que puede cobrar una casa rural.
Hay una asunción implícita en cierta parte del público que me resulta fascinante desde el punto de vista sociológico: que los alojamientos rurales deberían mantener los precios del año 2000 porque son «de pueblo», porque son «sencillos», porque son «naturales». Como si la naturalidad de un entorno rural eximiera al propietario de pagar facturas, impuestos y nóminas en euros de 2026.
No. Los precios suben porque los costes suben. Así de simple. Así de inevitable.
Lo que diferencia una subida de precio honesta de una especulativa es si va acompañada de valor real. Y eso sí es algo que puedes —y debes— exigir al alojamiento que eliges.
Los números del sector: ¿cuánto cuesta una habitación rural en verano?
Para que esto no sea solo mi experiencia personal, aquí van datos orientativos de precios por habitación doble en casas rurales por habitaciones durante julio-agosto 2026, por zonas geográficas:
| Zona | Precio orientativo/noche hab. doble |
|---|---|
| Baleares | 90 € – 180 € |
| Girona / Costa Brava | 80 € – 160 € |
| País Vasco | 80 € – 160 € |
| Barcelona provincia | 75 € – 150 € |
| Cantabria / Asturias | 65 € – 140 € |
| Granada / Málaga | 65 € – 150 € |
| Madrid / Segovia / Ávila | 60 € – 140 € |
| Aragón / Navarra / La Rioja | 55 € – 120 € |
| Interior peninsular | 45 € – 110 € |
Girona en temporada alta está en el tramo superior del mercado. Y hay razones para ello: la demanda es alta (turismo nacional e internacional), los costes son elevados (mano de obra, suministros, fiscalidad catalana) y la calidad exigida por el huésped también.
Entonces, ¿es caro Mas Torrencito en verano?
Depende de con qué lo compares.
Si lo comparas con un hotel de cadena en la Costa Brava: somos más baratos, con mucho más espacio, más tranquilidad, piscina propia y puedes venir con tu perro —todos tus perros, sin límite de raza, sin restricciones absurdas—.
Si lo comparas con quedarte en casa: sí, es más caro que quedarte en casa.
Lo que ofrecemos es esto: 20 años de experiencia, 1.200+ opiniones en Google con una media de 4,8 estrellas, una piscina elevada de agua salada con acceso para perros, una estación de baño canina profesional, y la tranquilidad del Empordà a pocos kilómetros de la Costa Brava.
En agosto eso tiene un precio. Un precio honesto, con los costes que acabas de leer detrás.
Si buscas una casa rural en Girona donde tu perro —sea del tamaño que sea, de la raza que sea— sea tan bienvenido como tú, consulta disponibilidad en mastorrencito.com. En verano nos quedamos sin habitaciones. No es publicidad: es un aviso.
Si después de leer esto sigues pensando que agosto debería costar como febrero, probablemente Mas Torrencito no es tu sitio. Si lo que buscas es una casa rural en Girona donde tu perro pueda disfrutar de verdad —piscina incluida—, mira disponibilidad antes de que se llenen las habitaciones.
Preguntas frecuentes
Porque los costes operativos se disparan: climatización, piscina, riego, personal y mantenimiento funcionan a plena carga durante semanas seguidas. El precio de temporada alta cubre esos sobrecostes y ayuda a sostener el negocio durante los meses de menor ocupación.
¿Cuánto cuesta de media una habitación doble en una casa rural en verano en España?
Entre 55 € y 180 € por noche según la provincia y la categoría del establecimiento. En Girona, una casa rural de calidad con servicios incluidos —piscina, jardín, desayuno— se sitúa habitualmente entre 80 € y 160 €.
¿Compensa alojarse en una casa rural en verano frente a un hotel?
Para grupos, familias o viajeros con mascotas, habitualmente sí: más espacio, más privacidad, entorno natural y precios competitivos respecto a hoteles de categoría equivalente.
¿Por qué las casas rurales que admiten perros son más caras?
No siempre lo son. En Mas Torrencito el suplemento por perro es de 6 €/noche independientemente de la raza o el tamaño. Parte de ese coste cubre la limpieza adicional, el mantenimiento de zonas exteriores y la estación de baño canina profesional disponible para todos los huéspedes.
Sí. Una piscina elevada de agua salada con acceso para perros, abierta en temporada estival. Es uno de los activos más demandados del establecimiento —y uno de los que más cuesta mantener en agosto.
SaluDOGS 🐾 Miguel — Mas Torrencito, Parets d’Empordà (Girona) 20 años abriendo la puerta a personas y perros de todos los tamaños






