Si eres de los que ya leyó La habitación de los guarros, sabrás que no exageraba ni un poco. Aquella vez me tocó abrir una puerta y quedarme mudo del asco: un baño hecho un cristo, ropa de cama para tirar directamente y unos huéspedes que encima se largaron sin decir ni «ressssss». Y ya avisé de que, si algún día montaban un portal para puntuar clientes como ellos nos puntúan a nosotros, yo sería el primero en apuntarme.
Pues bien. Ya sé que aquí, en este blog, lo normal es que yo llegue echando humo. Que abra una puerta y me quede parado como una estatua, procesando el desastre, calculando cuántas lavadoras me va a costar la fe en la humanidad.
Pues hoy no.
Hoy vengo a contar la otra cara. La que casi nunca se cuenta, porque lo bueno no genera la misma épica que lo guarro. Nadie hace un post viral de «todo estaba perfecto». Pero después de veinte años en este oficio, hay días que se te quedan grabados igual de fuerte por la razón contraria. Y el de ayer fue uno de esos días.
Cuando abres una puerta y no pasa nada
Ese es el titular, tal cual. No pasó nada. Y en este negocio, que no pase nada es la mejor noticia del mundo.
Abrí la primera puerta con el gesto ya automático de veinte años: escáner de aeropuerto, ojos de izquierda a derecha, nariz alerta. Y nada. La cama hecha, no perfecta como si nadie hubiera dormido, sino ordenada, como quien se levanta y decide que la habitación no tiene por qué quedar hecha un cristo solo porque uno se va.
Fui a la segunda habitación. Misma familia, distinta puerta. Y lo mismo. Exactamente lo mismo.
Ahí ya me paré a pensar.

El caso de las dos hermanas
Porque esto no era una habitación suelta con suerte. Eran dos hermanas, Paula y Claudia, cada una en su habitación, cada una con su pareja, cada una con su perro. Cuatro personas, dos perros, dos noches de estancia, dos puertas distintas.
Y las dos, calcadas en lo bueno.
Ni un pelo de perro donde no tocaba. Ni una toalla tirada por el suelo como si el suelo fuera el cesto de la ropa. Ni rastro de esa arqueología que a veces me encuentro debajo de la cama y que prefiero no describir en detalle. Las cosas de los perros recogidas. La basura donde tiene que estar la basura, que parece mentira que haya que decir esto pero aquí estamos.
No es que las dejaran simplemente aceptables. Es que, después de dos noches, parecían casi recién preparadas.
Y ojo, que no hablamos de una noche de paso. Hablamos de gente que estuvo con sus perros, viviendo la habitación, usándola de verdad. Y aun así, cero rastro de que hubiera pasado nada.
Lo que esto enseña, aunque suene raro decirlo de una habitación rural
Aquí es donde me pongo un poco filosófico, que ya me conocéis.
Porque esto no es limpieza. Esto es educación. Y la educación, cuando aparece dos veces seguidas, en dos habitaciones distintas, en la misma familia, deja de ser casualidad. Deja de ser «les tocó un buen día». Es otra cosa. Es que a alguien, en algún momento, le enseñaron esto en casa. Que donde estás de invitado se respeta. Que los perros son responsabilidad tuya, no del que limpia después. Que dejar las cosas como te gustaría encontrarlas no es un favor que le haces al dueño del alojamiento, es de sentido común.
No sé si esto se llama educación maternal, paternal, o las dos a la vez. Pero la hay. Y se nota. Se nota muchísimo, sobre todo cuando lo comparas con según qué otras «obras de arte» que me he encontrado por aquí y que ya conocéis si lleváis tiempo leyendo este blog.
Por qué lo cuento
Porque sería un poco hipócrita por mi parte quejarme siempre de lo malo y callarme siempre lo bueno. Si le dediqué un post entero a la habitación de los guarros, con pelos y señales, tengo que dedicarle otro, con la misma energía, a quien la deja mejor de lo que la encontró.
Que como dice el refrán: de bien nacidos es ser agradecidos. Pues esto es mi forma de ser agradecido. Un post entero, dedicado a Paula y Claudia, sus parejas y sus perros, que hicieron algo que debería ser lo normal y que, por desgracia, en este oficio, se ha convertido en un lujo.
Gracias, Paula. Gracias, Claudia. Por dejarme sin palabras por el motivo bueno, para variar.
Y ya que estoy, aprovecho para decir una cosa que llevo tiempo callándome. Escribo este post hoy porque me pasó ayer, con nombre y apellido, con Paula y Claudia. Pero si soy sincero, esto me ha pasado muchísimas más veces de las que la gente se imagina. Habitaciones que parecía que nadie había dormido en ellas, y de las que nunca escribí ni una línea, porque daba por hecho que lo normal era eso, ser normal, y lo normal no hace falta contarlo.
Así que hoy toca corregir eso también. Mil gracias a tod@s l@s que a lo largo de estos veinte años me habéis dejado la habitación así, sin escándalo, sin drama, sin que yo escribiera nada. Me habéis impresionado a mí, y sobre todo a las chicas que limpian, que son las que de verdad se encuentran cada habitación de frente, antes que yo.
Porque al final esto es una sola cosa: respeto. Ya sé que limpiar es su trabajo, no hace falta que nadie me lo recuerde. Pero ponte un momento en su lugar. ¿Cómo te gustaría encontrarte tu puesto de trabajo si el compañero del turno anterior te lo deja hecho una mierda? Es exactamente lo mismo que un baño público: si lo ensucias, tiras de la cadena. No hace falta que venga nadie a explicártelo, ni a darte las gracias por hacerlo. Es lo mínimo.
Bueno, que me enrollo. Que ya se me nota cuando me pongo así.
Reflexión final
Llevo veinte años en esto y he aprendido que la reputación de un huésped no se mide por lo que dice en la reseña, sino por lo que deja detrás cuando ya no hay nadie mirando. Cualquiera puede ser educado en el check-in, sonriendo en recepción, dando las gracias al entregarle la llave. Lo difícil, lo que de verdad separa a la gente, es cómo se comporta cuando ya se ha ido y nadie le va a poner nota por ello.
Paula y Claudia no sabían que esto iba a acabar en un post. No lo hicieron para quedar bien. Lo hicieron porque así es como son, y esa es exactamente la razón por la que merece la pena contarlo. Porque no hay premio, ni descuento, ni aplauso esperando al otro lado de dejar una habitación como si fueras a volver a dormir en ella esa misma noche. Solo hay respeto. Y el respeto, cuando es real, no necesita testigos.
Ojalá este post sirva para algo más que para quedar bonito en el blog. Ojalá alguien que lo lea, la próxima vez que se vaya de una casa rural, se acuerde de Paula y Claudia y piense: «pues yo también puedo dejarla así».
Y ojo, que no tengo ni idea de qué opinión nos van a dejar Paula o Claudia por su estancia. Ya sabéis cómo es Mas Torrencito, que es especial, y a lo mejor hay algo que no les ha terminado de convencer, vaya usted a saber. Pero una cosa no quita la otra. Este post va por ellas, opinen luego lo que opinen.
Preguntas frecuentes
Sí. En Mas Torrencito no preguntamos la raza antes de aceptar una reserva, incluyendo PPP. Lo único que pedimos es que el huésped se responsabilice de su comportamiento y del estado de la habitación durante y después de la estancia.
Básicamente, lo mismo que en cualquier alojamiento: sin restos de comida ni pelo acumulado fuera de lo razonable, sin daños en muebles o textiles, con los objetos personales y del perro recogidos, y la basura en su sitio. No hace falta dejarla impecable como un hotel de lujo, solo con el respeto mínimo hacia quien la va a preparar para el siguiente huésped.
En Airbnb sí existe una valoración bidireccional entre anfitriones y huéspedes. Sin embargo, en otros grandes canales y en las reservas directas no existe una herramienta general y compartida que permita a los alojamientos consultar el comportamiento anterior de un cliente. Es algo que hemos reclamado varias veces en este blog, precisamente por casos como el de la habitación de los guarros.
Para nosotros sí. Igual que denunciamos lo malo, creemos justo reconocer lo bueno cuando lo hay. No cuesta nada y, de paso, sirve de ejemplo para el resto de huéspedes que nos leen.
Y tú, cuando abandonas una casa rural o un hotel, ¿dejas la habitación mínimamente recogida o piensas que, como has pagado, ya se encargará otro? Te leo en los comentarios.
Mas Torrencito — Parets d’Empordà, Girona. La primera casa rural para mascotas que acepta personas.





