Cuando una familia confundió una casa rural con una residencia de mayores
Hace unos años, en pleno verano, recibimos una reserva de 7 noches en la suite para una persona «un poco mayor».
Hasta ahí, todo normal.
En Mas Torrencito hemos recibido de todo: parejas, familias, viajeros solos, perros gigantes, perros filósofos, humanos que parecen perros nerviosos y algún que otro personaje digno de novela.
Pero aquella reserva tenía algo especial.
No lo sabía todavía, claro.
Lo descubrí cuando llegó el coche.
De él bajó una mujer de unos 40 años. Y del asiento del copiloto, una señora de unos 80, muy arreglada, con su bastón y esa pinta de señora que todavía podría mirarte por encima del hombro aunque tú midieras dos metros.
Les enseñé la casa. El bar. Los salones. El chillout. La habitación. Todo perfecto.
Hasta que, al salir, la hija dijo:
— Mamá, voy a por las maletas.
Volvió con las maletas, las dejó dentro y soltó, tan tranquila:
— Bueno, mami… ahí te quedas. Te vengo a buscar en una semana.
Y se fue.
Sí. Como lo lees. Se fue.
¡¿COOOOMOOOORRRRRRRR?! 😱
Mi cara en ese momento era un poema. Ojos como platos. Porque una cosa es reservar una habitación en una casa rural. Y otra muy distinta es dejar a tu madre durante una semana en un sitio que no es una residencia, no tiene personal sanitario y donde el único cuidador disponible soy yo… que ese día estaba tomándome unas birras con los amigos. 🍻
«¿A qué hora se come?»
Al cabo de un rato salió la señora y me preguntó:
— ¿A qué hora se come?
Y ahí noté ese sudorcillo frío que baja por la nuca cuando sabes que se viene una semana larga. 😅
Le expliqué con toda la paciencia del mundo:
— Aquí damos desayunos y cenas, pero no comidas.
Me miró con cara de «pues ese es tu problema» y me dijo:
— ¿Y yo qué hago?
Buena pregunta. Muy buena pregunta. Tan buena que yo también me la estaba haciendo por dentro.
Así que le propuse llevarla a Bàscara. La acerqué al Portal, comió… o algo parecido. Porque al cabo de un rato me llama Xavi, el dueño:
— Miguel… esta señora no está muy bien.
— ¿Qué ha pasado?
— No le gusta nada. A todo le pone pegas. Ya ha terminado y me ha dicho que te llame.
Como buen Uber rural que soy, dejé lo que estaba haciendo y fui a buscarla. 🚖 La dejé en el patio y me subí a comer. Ni las gracias. Pero bueno, pensé: «primer día, estará desubicada».
Qué inocente era yo.

El grito de la siesta
Estaba comiendo tranquilamente cuando de repente:
— ¡SEÑOOOOR! ¡SEÑOOOOOR!
Bajé corriendo pensando que se había caído, que se había mareado, que algo grave había pasado.
— ¿Está bien? ¿Qué ha pasado?
Y ella, muy seria:
— ¿Cuál es mi habitación?
Su habitación estaba justo en la entrada. Justo al lado. La habíamos visto hacía unas horas.
Ahí se me encendieron todas las alarmas. No por enfado. Por preocupación. Porque una cosa es ser despistado. Y otra es darte cuenta de que esa persona quizá no debería estar sola.
La acompañé a la suite. Se tumbó. Y no la volvimos a ver en toda la tarde.
La habitación cerrada y mi cabeza haciendo películas
A eso de las ocho salimos a la terraza. Pregunté a los demás clientes si habían visto a la señora.
Nadie.
La llamé por teléfono. Nada. Fui a su habitación. Toqué la puerta. Nada. Más fuerte. Nada. Abrí despacio, entré, dije en voz alta:
— ¿Está usted bien?
Silencio.
Me acerqué. Abrí la puerta de la habitación lentamente… y ahí estaba. En la cama. Viendo la tele. Tan campante. 📺
Cerré la puerta en silencio y pensé: «Bueno, pues hasta mañana».
Ja. Ja. Ja. UNA MIERDA. 😆
La cena, las quejas y la santa paciencia de Meme
Menos mal que estaba Meme, que por aquel entonces ayudaba con las cenas. La vio salir y la señora preguntó:
— ¿A qué hora se cena?
Meme, con más paciencia que un santo con contrato indefinido, le preparó una mesa. La señora cenó, se quejó, comentó cosas, volvió a quejarse. Y Meme la fue tranquilizando como pudo.
Fin del día uno.
La pulsera de oro desaparecida
A la mañana siguiente la señora salió a desayunar sobre las nueve. Estaba desorientada. No era solo que no supiera dónde estaba. Era esa sensación de que su cabeza iba por un lado y el mundo por otro.
Desayunó. Volvió a la habitación. Y al cabo de un rato:
— ¡SEÑOR! ¡SEÑOR!
Allá fui.
— ¿Qué ocurre?
— Me han robado.
Tragué saliva. Porque cuando alguien en una casa rural dice «me han robado», tú ya ves mentalmente a la Guardia Civil, una reseña de una estrella y tu reputación colgando de un hilo.
— ¿Qué no encuentra?
— Mi pulsera de oro. 💍
JOOOODERRR. 🌰
Revisamos la cama, el baño, el colchón, las maletas… todo. Nada. Hasta que un cliente que ya se había enterado del espectáculo apareció y dijo:
— ¿Buscáis esto?
La señora se la había dejado en la mesa del desayuno.
Caso resuelto. De momento.
Las braguitas de La Perla
A mediodía, repetimos la operación. Bàscara. Restaurante. Quejas. Llamada. Recogida. Vuelta a Mas Torrencito. Yo ya era oficialmente su chófer, recepcionista, asistente, guía espiritual y detector humano de objetos perdidos.
Y entonces llegó el gran momento. El que da título a esta historia.
A media tarde empezó a llamarme a gritos. Fui. Respiré hondo. Entré. Y me dijo, con una seriedad absoluta:
— Me han robado ropa interior.
— ¿Ropa interior?
— Sí. Unas braguitas de encaje. De La Perla. 😱
De La Perla. No unas braguitas cualquiera, no. Unas braguitas de encaje de La Perla.
Y ahí estás tú. En una masía del Empordà. Con perros corriendo por el jardín. Clientes tomando algo en la terraza. Una señora mayor acusando al personal de haberle robado lencería de lujo. Y tu cerebro intentando decidir si aquello era una tragedia, una comedia italiana o una prueba divina.
Revisamos. Buscamos. Preguntamos. Nada.
Las braguitas de La Perla nunca aparecieron. Y sinceramente, creo que hay misterios que es mejor no resolver. 😂
La llamada a la hija
Ahí ya no había más margen. Cogí el teléfono.
— Tenéis que venir a buscar a vuestra madre. No se encuentra bien y no puede estar sola aquí.
Su respuesta:
— Es que estamos en la playa… 🏖️
Con una paciencia y un temple acojonante, le contesté:
— O venís a buscar a vuestra madre o llamo al 112. Vosotros mismos. 😤
Y mira tú qué curioso. En una hora estaban allí. Una hora. No dos días. No mañana. Una hora.
El marido ni se dignó a bajar del coche. 🚗 La hija bajó, le expliqué lo que había pasado, y entonces soltó una frase que todavía hoy me parece de una jeta monumental:
— ¿Otra vez? Es que no la podemos dejar sola…
Perdona. ¿Cómo que «otra vez»? ¿Cómo que «no la podéis dejar sola»?
Si no la podéis dejar sola… ¡entonces no la dejéis sola! No la dejéis en una casa rural durante una semana. No la dejéis con un desconocido que no está preparado para esto. Porque esto no iba de una reserva. Iba de una irresponsabilidad. 😤
Y para mis adentros pensaba: «¿SERÁS DE LAS QUE LE GUSTA LA FRUTA?» 🍇
Saca la tarjeta, paga, coge a su madre de la mano y se la lleva. Ni una disculpa. Ni un «lo siento». Ni un gesto. NADA. 😳
La señora no era el problema
Y esto también es importante decirlo.
La señora podía ser difícil. Podía quejarse, estar desorientada, acusar de cosas que no habían pasado, pedir comidas que no existían, perder pulseras, olvidar habitaciones y buscar braguitas imposibles.
Pero ella no era el verdadero problema.
El problema era la hija que sabía perfectamente que su madre no podía estar sola. El problema era dejarla aquí sin avisar. El problema era marcharse a la playa. El problema era aparecer solo cuando le dije que llamaría al 112.
Eso sí es feo. Eso sí es triste.
Hay abandonos que vienen con maleta
La señora se fue. La hija pagó. No pidió disculpas. Cogió a su madre de la mano, la metió en el coche y se marchó.
Las braguitas de La Perla nunca aparecieron. La pulsera sí. La vergüenza, tampoco.
Y yo me quedé pensando que hay formas de abandonar que no parecen abandono. No siempre se abandona a alguien en una gasolinera o en una residencia olvidada. A veces se abandona con una reserva pagada, una maleta bien hecha y un «mami, ahí te quedas».
Y eso, sinceramente, es mucho peor.
En Mas Torrencito aceptamos perros, personas y buenas historias
En Mas Torrencito hemos vivido muchas anécdotas. Algunas hacen reír. Otras hacen enfadar. Otras te dejan pensando durante años. Esta tiene un poco de todo.
Humor, porque lo de las braguitas de La Perla es imposible contarlo sin que se te escape una sonrisa. Mala leche, porque la situación fue surrealista. Y tristeza, porque detrás de todo había una señora mayor que no debería haber estado sola.
Aceptamos perros. Aceptamos humanos. Aceptamos historias raras. Pero no aceptamos que alguien se quite una responsabilidad de encima y se la deje al primero que pasa. Ni aunque reserve la suite. Ni aunque pague con tarjeta. Ni aunque las braguitas sean de La Perla. 🐾
Si quieres conocer más anécdotas reales de Mas Torrencito, tienes unas cuantas esperándote aquí. Y si después de esta historia todavía quieres venir —prometemos que normalmente todo es mucho más tranquilo— puedes reservar directamente en nuestra web.
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