Le pregunté a varias IAs si Dios existe. Me dieron respuestas impecables. Bien escritas, equilibradas, inteligentes. Y completamente vacías.
Probé con varias. Cada una con su estilo, sus matices, su forma de esquivar el vacío con elegancia. Ninguna dijo nada que no supiera ya.
Las herramientas más avanzadas del mundo. Incapaces de responder algo que una perra mestiza me resolvió en diez segundos una noche en esta terraza.
Pero no me adelanto.

Hay noches en que el pensamiento se enreda solo. Te quedas mirando al techo y empiezas a tirar de un hilo que no tiene final. ¿Y si todo esto fuera un algoritmo? ¿Y si cada decisión activara una cadena de eventos ya escritos en algún sitio?
A veces todo encaja con una precisión casi sospechosa. Y otras veces, todo se rompe sin motivo. Como si alguien hubiera metido un bug en mitad de tu vida.
Y cuando miras alrededor, el bug parece enorme.
Ves injusticias que no tienen lógica. Aldama roba millones durante una pandemia, amañando contratos de mascarillas mientras la gente se moría, y el Tribunal Supremo le condena a cuatro años y medio que no pisará, y le perdona los 3,7 millones que la Fiscalía reclamaba. Hace cuatro días. Sentencia en firme. Ábalos, 24 años. Koldo, 19. Aldama, un informe semestral y trabajos en beneficio de la comunidad.
Si hay un sistema detrás, no parece especialmente bien afinado.
Esa noche salí a la terraza de MasTorrencito con esa pregunta en la cabeza. El Empordà oscuro, el mar al fondo, el aire caliente de verano.
—Si hay algo ahí arriba, ¿cómo permite que funcione así?
No hubo respuesta.
Pero entonces la escuché.
El sonido de unas patas sobre la madera.
Giré la cabeza.
Manuela.
Dieciséis años viviendo aquí. Parte de esta casa. Parte de todo. Y aun así, allí estaba.
Se sentó frente a mí con esa calma que siempre tenía. Sin prisa. Sin necesidad de explicar nada.
—No entiendo el algoritmo —le dije—. Gente buena que sufre. Gente que roba millones y sale a la calle. Y encima la gente reserva sus vacaciones por Booking.com pagando más, cuando pueden hacerlo directamente en la web de la casa y les sale más barato. Si hay un equilibrio en todo esto, no lo veo. No lo veo en ninguna parte.
Manuela me miró un momento largo.
Luego apoyó la cabeza en mi pierna.
—Hay cosas que están más allá de mi comprensión —pareció decirme.
Nos quedamos así un momento, los dos en silencio, asumiendo que lo de Booking no tiene solución divina posible.
—Pero lo otro —continuó, levantando la cabeza—. Solo ves el primer efecto de las cosas. Crees que todo termina donde tú alcanzas a mirar.
Me quedé callado.
—¿Y entonces qué hago? ¿Mirar y ya está?
Se apartó y caminó hasta el borde de la terraza. Miró hacia el jardín.
Los perros dormían tranquilos. Alguien reía dentro de la casa. La noche seguía su curso, indiferente a todo lo demás.
—Mira lo que sí has hecho.
Y entonces lo vi.
Un sitio donde la gente no tiene que elegir entre viajar o dejar a su perro. Donde nadie pone mala cara. Donde todo es más simple de lo que ahí fuera parece.
No cambia el mundo entero. Pero cambia algo.
—¿Y eso basta?
Manuela volvió a mirarme.
—¿Y qué es el mundo sino muchos «algos»?
Dentro, alguien levantó una copa. Un perro se estiró medio dormido. Otro levantó la cabeza y volvió a caer rendido sobre la hierba.
Pequeñas cosas. Pero reales.
—Entonces no va de entender el algoritmo —dije en voz baja—. Va de lo que haces dentro de él.
No respondió.
No hacía falta.
Se giró y caminó hacia la oscuridad del jardín. Se detuvo un segundo antes de desaparecer.
Y en ese momento entendí la única respuesta que no había encontrado en ningún sitio:
Sois lo que hacéis.
Me quedé solo. El viento, los pinos, el mar al fondo.
Quizá no haya una lógica perfecta. Quizá no haya nadie escribiendo el código. O quizá sí, pero no es algo que podamos leer.
Pero hay una parte que sí depende de nosotros.
Y esa, al menos, no está rota.
Al final, todo esto me ha enseñado una cosa: que el algoritmo no está arriba, sino en las decisiones diminutas que tomamos cada día. Puede que no entienda por qué unos roban y otros sufren. Puede que nunca entienda el porqué de casi nada. Pero en esta terraza, con Manuela apoyada en mi pierna y el Empordà callado al fondo, entendí que mi respuesta no es una teoría. Mi respuesta es un lugar. Mi respuesta es haber estado aquí veinte años. Mi respuesta es seguir abriendo la puerta. Y que cada perro que llega, cada huésped que ríe, cada noche que pasa, es mi trozo de código bien escrito. No sé si Dios existe. Pero sé que esto que he hecho, existe. Y mientras exista, ya es bastante
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