El Carnicerode Vilademuls
La macabra leyenda que esconden los muros de Mas Torrencito
Hay casas que guardan recuerdos. Otras guardan secretos. Y algunas, dicen, nunca consiguen librarse de sus antiguos habitantes.
La noche en que Masto no quiso salir
🔪 🔪 🔪Llevo muchos años viviendo en Mas Torrencito, y vivir en una masía de más de seiscientos años tiene sus ventajas: paredes de piedra de casi un metro, silencio, bosque y una tranquilidad que no cambiaría por nada del mundo.
Bueno. Casi por nada.
Porque hay noches en las que uno recuerda que estas paredes estaban aquí mucho antes de que llegáramos nosotros. Y que, si pudieran hablar, probablemente no nos gustaría oír todo lo que tienen que contar.
La historia que os voy a contar empieza una noche de octubre, a las…
Me despertó un ruido. Tres golpes.
No era el viento ni una rama contra la ventana. Era un sonido seco y repetido, como un cuchillo cayendo sobre una tabla de madera.
Bajé a la cocina. Masto estaba delante de la puerta que da al jardín, completamente inmóvil, mirando hacia el bosque.
—¿Qué pasa, Masto? ¿Hay alguien?
No movió la cola. No ladró. Ni siquiera me miró. Abrí la puerta para que saliera, como tantas otras noches. (Masto nunca abre puertas: ladra para que se las abramos nosotros.)
Y Masto retrocedió.
Un perro que no le tiene miedo a nada, que se pasea por la finca como si fuera el dueño, no quería cruzar aquella puerta. (Sí, ya le había pasado alguna vez con Mamas. Pero esto era distinto.) Fue entonces cuando volví a oír los golpes. Venían del edificio anexo.
Y me acordé de una vieja historia. La de un hombre llamado Joan, aunque nadie lo recuerda por ese nombre.
Lo llamaban el Carnicero de Vilademuls.
Capítulo IMas Torrent, año 1714
🔪Mucho antes de que Mas Torrencito tuviera huéspedes, desayunos, piscina o perros durmiendo en las habitaciones, la masía se llamaba de otra manera: Mas Torrent. Así la seguimos llamando hasta que un hotel de lujo con nombre casi idéntico nos obligó a cambiarlo.
Corría el año 1714. Cataluña vivía tiempos difíciles; la guerra, la miseria y el miedo formaban parte de la vida diaria. La masía se levantaba solitaria entre Parets d’Empordà y los caminos que bajaban a Orfes, y sus gruesos muros parecían protegerla de todo.
Pero ninguna pared es lo bastante gruesa para detener lo que nace dentro de una casa.
En aquella época vivía allí un hombre llamado Joan. De su infancia en Orfes se contaban muchas cosas: que lo abandonaron al nacer, que se crió bajo la estricta vigilancia de unas religiosas, que nunca conoció a su padre. Y que desde muy pequeño tenía una habilidad extraordinaria con los cuchillos.
Joan aprendió el oficio de carnicero, y era bueno. Extraordinariamente bueno. Sabía exactamente dónde cortar, cómo aprovechar cada pieza y cómo conservar la carne durante los largos inviernos.
Pero tenía una costumbre que inquietaba a quienes trabajaban con él. Antes de sacrificar a un animal, se quedaba mirándolo fijamente a los ojos. A veces durante minutos, sin moverse, sin hablar. O eso creían los demás, porque algunos aseguraban que en realidad Joan le susurraba algo. Algo que nadie conseguía entender.
Dice la leyenda que, cuando Joan era joven y bajaba a trabajar al centro de Vilademuls, la gente empezó a llamar a aquel lugar la tierra de los no gatos y no perros. No quedaba ni uno. Ni un gato en los tejados, ni un perro en las puertas de las casas. Nadie los vio marcharse, y nadie supo nunca adónde habían ido. Solo se quedaron los que no podían escapar: las vacas atadas en los establos y los cerdos en sus corrales.
Los más viejos lo tenían claro, aunque solo se atrevían a decirlo en voz baja: los animales se habían ido porque sabían quién había llegado.
La carnicería del bosque
🔪 🔪A los treinta años, Joan dejó Orfes y se instaló en Mas Torrent. La finca era perfecta: campos para el ganado, agua cerca y un pequeño edificio anexo donde trabajar sin molestar a nadie. Allí abrió su carnicería, y su fama no tardó en extenderse. Venían de Vilademuls, de Bàscara y de todos los pueblos de alrededor.
Se decía que nadie preparaba la carne como Joan. Era tierna, sabrosa y, por alguna razón, aguantaba mucho más que la de cualquier otro carnicero.
Pero había algo extraño. Joan jamás dejaba que nadie entrara en su taller después de la puesta de sol. Ni siquiera su familia. Cuando alguien le preguntaba por qué, siempre respondía lo mismo:
—Hay cosas que es mejor terminar a oscuras.JOAN, EL CARNICERO
Al principio los vecinos se reían. Luego dejaron de hacerlo. Porque algunas noches empezaron a oírse ruidos: golpes, cadenas arrastrándose, voces que parecían discutir. Y, de vez en cuando, aquel sonido.
Tres golpes secos. Siempre tres.
Un vecino juró haber visto una figura inmóvil junto al pozo. Otro encontró huellas de pies descalzos alrededor de la carnicería después de una noche entera de nieve, sin ninguna que llegara ni que se fuera.
Y una mujer de Orfes contó algo todavía peor. Su perro, que la acompañaba a todas partes, se negó a pisar el camino de Mas Torrent. Se sentó, gruñó y empezó a temblar.
Joan lo observaba desde la puerta del taller. Y sonrió.
—Los animales ven cosas que vosotros no podéis ver.JOAN, EL CARNICEROCapítulo III
La última cena
🔪 🔪 🔪El invierno de 1714 fue especialmente duro. Durante días, una niebla espesa cubrió los campos del Empordà, tan densa que desde la masía apenas se distinguían los árboles más cercanos.
Una tarde, la mujer de Joan bajó al pueblo. Estaba pálida y nerviosa. Compró pan, un poco de aceite y varias velas, y antes de marcharse le preguntó al tendero:
—¿Usted cree que una casa puede recordar lo que ha pasado dentro?LA MUJER DE JOAN
El hombre se rio. Ella no.
—Es que mi marido dice que las paredes le hablan.
Fue la última vez que alguien la vio.
Tres días después, de madrugada, los vecinos oyeron un grito que venía de Mas Torrent. Luego otro. Y después, silencio. Un silencio tan absoluto que ni siquiera se oía a los animales.
Capítulo IVLo que encontraron
🔪Varios hombres del pueblo organizaron una batida. Cogieron antorchas, horcas y a sus perros, y subieron por el camino helado hacia Mas Torrent.
Los perros fueron los primeros en pararse. A unos cien pasos de la masía, todos a la vez, se negaron a seguir. Ni a gritos ni a patadas hubo forma de moverlos. Los hombres siguieron solos.
Joan estaba de pie en el patio, con el cuchillo en la mano. Su delantal, siempre manchado, goteaba algo oscuro que el frío iba convirtiendo en finas capas de hielo. No hizo ningún gesto al verlos llegar. Solo los miró, uno a uno, a los ojos. Igual que miraba a los animales antes de sacrificarlos.
De su mujer y sus dos hijos no había ni rastro. La casa estaba vacía, la mesa puesta para cuatro y la comida helada en los platos.
Fue en el taller donde lo entendieron todo. En el rincón donde Joan colgaba la carne para curarla había huesos. Decenas de ellos, limpios, ordenados por tamaño, como parte de un inventario.
Y no todos eran de animal.
Cuando salieron, Joan seguía en el patio. Empezó a murmurar algo que nadie comprendió y avanzó hacia ellos. Dicen que tenía una fuerza que no parecía de este mundo. Cuatro hombres no volvieron a bajar al pueblo aquella noche.
Los demás vieron cómo se adentraba en el bosque entre la niebla, sin prisa, como quien vuelve a casa.
Nunca más se le volvió a ver.
Capítulo VLos susurros del pasado
🔪 🔪Tras aquel invierno, las autoridades sellaron el taller y la masía estuvo años vacía. Nadie quería vivir allí. Más tarde la usaron para encerrar a quienes nadie quería ver: locos, moribundos, gente señalada por el pueblo. Decían que, total, el lugar ya estaba maldito.
Pero los rumores nunca se fueron. Que el ganado de Joan fue desapareciendo poco a poco, como si algo en el bosque se lo llevara. Que algunas noches de niebla se veía luz en el anexo. Que los perros de la zona no cruzaban el camino de Mas Torrent después de anochecer.
Y que, de vez en cuando, en plena madrugada, se oían tres golpes secos.
Siempre tres.
Epílogo3:17 de la madrugada
🔪 🔪 🔪Aquella noche de octubre cerré la puerta del jardín. Masto se quedó a mi lado, pegado a mi pierna, sin dejar de mirar hacia el anexo.
Los golpes pararon. Esperé un buen rato en la cocina, a oscuras, escuchando. Nada. Solo el silencio de siempre y la respiración de Masto.
A la mañana siguiente fui al anexo. Todo estaba en su sitio: las herramientas, las cajas, la vieja mesa de madera. Todo menos una cosa.
Sobre la mesa había tres marcas profundas, recién hechas.
Como de una hoja muy afilada.
No se lo he contado a casi nadie. Pero desde entonces hay algo que hago todas las noches antes de acostarme: miro a Masto. Y si Masto se queda quieto delante de la puerta, mirando al bosque, esa noche la puerta no se abre.
Trescientos años después, la tierra de los no gatos y no perros es la casa con más perros del Empordà. Quizás por eso Joan no se atreve a volver… del todo.
Porque, como decía Joan, los animales ven cosas que nosotros no podemos ver.
Y en Mas Torrencito, los perros siempre tienen la última palabra.
Este es un relato de ficción ambientado en Mas Torrencito. Joan, sus crímenes y lo que se oye en el anexo son pura leyenda inventada, no forman parte de la historia documentada de la masía. Masto, en cambio, es completamente real.
¿Te atreverías a dormir en Mas Torrencito esta noche?
Tranquilos. Aquí los únicos que enseñan los dientes son los perros.
Aunque hay algo que todavía no hemos conseguido explicar…
¿Por qué algunos perros se quedan mirando la misma ventana cuando no hay nadie?
Dulces sueños. 🔪🐾





