La historia real de una huésped/amiga de Mas Torrencito y del perro de asistencia que cuidaba de ella.
Hay huéspedes que se quedan en una reseña de cinco estrellas. Y hay otros que se quedan, para siempre, en la memoria de la casa. Danni era de estos últimos.
Era inglesa, y llevaba años viniendo a Mas Torrencito con bastante dificultad para moverse. Pero tenía una cosa que no fallaba nunca: esa manera suya de acercarse a los perros.
No hacía falta que fuera «su» perro. Cualquiera que pasara por delante de ella —tímido, arisco, desconfiado— acababa dejándose acariciar. Tenía ese don raro de saber qué decirle a un animal sin decir nada. (En sus mensajes firmaba a veces como Danni; aquí la llamamos Danny, como la conocimos siempre.)

Danni, John y Jake, en una de sus visitas a Mas Torrencito.
Adoraba a Mamas. Adoraba a Mastín Tiruri. Así son los huéspedes que viajan con perro: llegan como visitas y se acaban quedando como familia de la casa.
Jake, el perro que cuidaba de ella
Hace un par de años llegó a su vida Jake, un pastor alemán de asistencia. Grande. Potente. Protector hasta el extremo con ella. No era solo compañía: era, literalmente, su salvavidas.
Cuando le faltaba el aire, Jake sabía ir a buscarle el inhalador. Y cuando no llegaba a tiempo, apoyaba el hocico en su nuca, empujando suavemente, intentando abrirle las vías respiratorias. Un gesto que ningún adiestrador enseña del todo. Se aprende queriendo a alguien.

Jake, a sus anchas, en uno de sus ratos de descanso en la casa.
El 7 de julio nos escribió esto:
«Hola, nuestro querido amigo Miguel. Con el corazón roto, debo decirte que Jake falleció el sábado. Ha sido algo terrible y desgarrador. Así que, cuando vayamos a verte en octubre, iremos solo con la princesa Daisy… Lo extrañamos muchísimo; tengo el corazón destrozado… No solo era mi mejor amigo, sino que también iba a buscar mi inhalador para el asma y me lo traía. Si tenía dificultades para respirar, él siempre apoyaba la nariz en la nuca, intentando abrir mis vías respiratorias… Un perro increíble.»
Pensamos en ella todos los días desde entonces. Sin saber que, una semana después, sería su marido John quien nos escribiría a nosotros:
«Miguel. I am sorry to tell you the Danni passed away unexpectedly last week. She loved your place and how you treated the dogs. A lot of dogs will miss sniffing her hands and her kind words, she could entice almost any dog to accept being stroked. Hopefully I and Daisy will be making the trip in October, so will see you then. Best regards John. ps we will bring the books in English Danni promised for your library upstairs.»
«Miguel. Siento decirte que Danni falleció inesperadamente la semana pasada. Le encantaba vuestro lugar y cómo tratáis a los perros. Muchos perros echarán de menos oler sus manos y sus palabras amables; era capaz de convencer a casi cualquier perro para que se dejara acariciar. Espero que Daisy y yo hagamos el viaje en octubre, así que nos veremos entonces. Un abrazo, John. Pd: traeremos los libros en inglés que Danni prometió para vuestra biblioteca de arriba.»
Jake se fue primero. Y ocho días después, se fue ella.
No sabemos qué pasó exactamente, ni nos corresponde especular. Pero hay algo en el orden de los acontecimientos que se nos ha quedado grabado: el perro que vigilaba su respiración y movimientos se fue, y poco después se fue ella. A veces las historias no necesitan que las adornemos. Solo hay que contarlas tal como sucedieron.
Nos quedamos con la imagen de Danni sentada en el jardín, dejando que cualquier perro de la casa se le acercara a oler las manos. Nos quedamos con Jake vigilándola de cerca, atento a cada respiración. Y nos quedamos con la promesa de unos libros en inglés que Danni quería dejar en nuestra biblioteca de arriba — que ahora, cuando lleguen con John y con Daisy en octubre, ocuparán su sitio en la estantería con su nombre puesto, aunque sea solo en nuestra memoria.
Gracias, Danni, por enseñarnos que se puede querer a los perros de otros como si fueran propios. Gracias, Jake, por cuidar tan bien de quien te necesitaba. Os esperamos en octubre, Daisy y John. La puerta de Mas Torrencito, como siempre, sigue abierta.
Hay huéspedes que se van. Y hay otros que se quedan para siempre en la casa, aunque ya no vuelvan.





