Hay gente que reserva una habitación.
Hay gente que reserva una escapada.
Y luego hay gente que quiere reservar Mas Torrencito entero, pero convertido en otra cosa.
El otro día recibo un correo: un señor quería toda la casa para su familia durante un puente de principios de octubre. Jueves a lunes, o quizá martes. Toda la finca ocupada, ambiente de celebración, de esas reservas que te alegran la mañana.
Preguntas de rigor —habitaciones, entorno, piscina—, presupuesto enviado, desayunos añadidos a 11 euros por persona. Todo perfecto.
Y entonces, en el siguiente correo:
—He estado mirando dónde vamos a ir y veo que hay perros. Eso no puede ser. ¿Para ese fin de semana los podríais quitar?
¿QUITAR?
Así, tal cual. Como quien pregunta si se puede apagar una fuente o guardar una colchoneta hinchable en el trastero.
Le contesto que sin problema, que me llevo a los perros a la otra casa esos días.
Porque oye, hay gente con alergia, con miedo, que simplemente prefiere no convivir con animales. Eso lo entiendo perfectamente.

Pero la cosa no acababa ahí.
Que querían la cocina. Que querían el bar. Que querían todos los espacios.
Le dije que el bar, sí. La cocina no: es privada, como nuestra parte de la casa.
Y ahí llegó la frase que se merece marco y pared:
—No, es que vosotros no podéis estar. Y los perros tampoco.
Le expliqué, con toda la paciencia del mundo, que Mas Torrencito es una casa rural por habitaciones. Un hotelito, si quiere llamarlo así.
No una masía de alquiler íntegro donde te dan una llave y desaparece la humanidad hasta el check-out.
—Si usted quiere una casa para ustedes solos, hay unas cuantas por la zona. A patadas. Pero Mas Torrencito es esto: sus habitaciones, sus espacios comunes, nosotros y nuestros perros.
Quería Mas Torrencito. Pero quería su versión de Mas Torrencito: sin Mamas paseando entre las mesas del desayuno, sin Masto vigilando la piscina por si alguien se despista, sin pelos, sin ladridos, sin nosotros viviendo aquí.
Sin la parte que, precisamente, hace que esto sea Mas Torrencito y no un chalet con folleto bonito.
Y remata con la frase que todo casero rural ha oído alguna vez en la vida:
—Si es por dinero…
No, señor. No es por dinero. Es porque es mi casa.
—Bueno, usted piénselo y ya me dirá.
Sigo pensándomelo. Y sigo esperando la llamada.
Tres días después, suena el teléfono.
Una señora, voz decidida, sin rodeos:
—¿Alquilas la casa entera?
—Si está disponible, sí.
—Es para mí sola.
Silencio breve por mi parte. No el silencio de quien no ha oído bien, sino el silencio de quien está haciendo cálculos rápidos sobre si ha entendido bien lo que le acaban de decir.
—¿Cómo, perdón?
—Sí. Quiero toda la casa. Para mí.
Nueve habitaciones. Una persona. Ni marido, ni hijos, ni amigas, ni siquiera un perro que justifique el espacio.
Le explico que tendría que pagar también las habitaciones que no va a pisar.
—¿Cuánto es?
Se lo digo, con la vocecita interior preguntándome si va a colgar.
—Sin problema. Resérvamela y dame un número de cuenta. Te lo dejo pagado.
Y lo dejó pagado. Al día siguiente, el dinero de las dos noches ya estaba en la cuenta.
Sin regatear, sin pedir descuento por «es que soy solo yo», sin preguntar si hay wifi. Nada. Solo: aquí tienes el dinero, la casa es mía.
Así que ahora me toca esperar y hacerme preguntas que no tienen respuesta todavía:
¿Vendrá de verdad sola, a sentarse en silencio en nueve habitaciones vacías?
¿O aparecerá con media docena de personas que «no contaban» en la reserva?
Ni idea. Pero si algo he aprendido en veinte años de este oficio es que, justo cuando crees que ya lo has visto todo, aparece alguien que quiere que quites a tus perros de casa… y al día siguiente alguien que reserva siete habitaciones vacías solo para poder cerrar la puerta con llave.
La vida, en Mas Torrencito, no deja de sorprenderme. Y eso, la verdad, es lo que más me gusta de este trabajo.
Si a ti también te ha pasado algo así en tu alojamiento, cuéntamelo — colecciono estas historias.
Preguntas frecuentes
Sí, si hay disponibilidad se pueden reservar las nueve habitaciones. Pero Mas Torrencito sigue siendo una casa rural por habitaciones, no una masía de alquiler íntegro: los espacios privados de la familia y los perros de la casa forman parte de la experiencia, no un extra que se pueda «retirar» por encargo.
Sí. Mas Torrencito nació como una casa rural pensada para perrosque además acepta personas, no al revés. Los perros de la familia conviven con los huéspedes en las zonas comunes de forma habitual.
¿Qué pasa si un huésped tiene alergia o prefiere no convivir con perros?
Se puede hablar y buscar soluciones razonables, como ha ocurrido en el primer caso de este post. Lo que no es negociable es pedir que la esencia de la casa —sus perros y quienes la llevamos— desaparezca durante la estancia.
¿Es habitual que alguien reserve toda la casa para una sola persona?
No es lo más frecuente, pero pasa. Cada reserva grande tiene su propia historia, y algunas —como la de este post— se quedan sin explicación hasta que el huésped llega.
Mas Torrencito — Parets d’Empordà, Girona. La primera casa rural para mascotas que acepta personas.





