¿Y si los perros fueran nuestros mejores profesores?
Tenemos más tecnología, más información y más conocimientos que nunca. Pero ¿somos mejores personas? Una reflexión sobre lo que mi padre aprendió en cuarenta años de aulas y lo que los perros me siguen enseñando cada día.
Un hombre que lo probó todo
Mi padre, D. Andrés Chordi, es médico, microbiólogo, fue rector de la Universidad de Extremadura y catedrático en Salamanca. Pero hay una parte de su vida que me toca especialmente: se pasó décadas intentando que la tecnología ayudara a aprender.
Metió ordenadores en la Facultad de Farmacia cuando casi nadie sabía lo que era un ordenador. Conectó la universidad por teléfono con bases de datos en Suiza, años antes de que existiera internet. Y fue cambiando de máquina en máquina, rehaciendo las prácticas de sus alumnos cada vez:
Por el camino, claro, hubo fracasos. Y él los cuenta con un cariño que me encanta:
🛰️ Dos fracasos que recuerda con aprecio
- El satélite educativo. Instalaron una parabólica para recibir clases por satélite las 24 horas. Los horarios no cuadraban, los idiomas tampoco… y al final el satélite se estropeó y cambió de órbita. Ni la NASA lo habría hecho mejor. 😂
- Las clases grabadas en vídeo. Grabaron a profesores expertos para que los alumnos repasaran en la biblioteca. Casi nadie las usó. La pantalla era pequeña y, sobre todo, el profesor no estaba allí.
Después de cuarenta años probándolo todo, resumió así lo aprendido:
«Una tecnología nueva no garantiza un mejor aprendizaje; confundíamos usar tecnología con mejorar el aprendizaje y tuvimos fracasos que recuerdo con aprecio».
Y mira que ha pasado de todo desde entonces: móviles, redes sociales, inteligencia artificial, coches que casi conducen solos, robots que barren la casa. Tenemos máquinas que responden preguntas que hace veinte años ni sabíamos formular.
Pero ¿hemos aprendido a ser mejores personas?
Porque una cosa es tener más conocimientos y otra muy distinta es tener más educación. Y ahí es donde entran los perros. Sí, sí. Esos seres que se comen una zapatilla de 150 euros, se revuelcan en el primer charco y, si te descuidas, se zampan tu bocadillo. ¡¡¡ESOS MISMOS!!! 😂
Lo que no puede hacer ninguna pantalla: estar
Podemos hablar en directo con alguien a 10.000 kilómetros, traducir idiomas al instante y montar videoconferencias con seis países. Y luego nos sentamos a cenar con nuestra pareja y nos pasamos media hora mirando el móvil.
Un perro no necesita wifi para saber que estás triste. Se acerca, te mira, apoya la cabeza en tus piernas. Y sin decir nada consigue lo que no han conseguido cien mensajes de WhatsApp: que te sientas acompañado.
Es lo mismo que descubrió mi padre con aquellas clases en vídeo. Lo que fallaba no era la cámara. Era que faltaba alguien. Y él lo sabía bien: con los años fue perdiendo oído, y sus alumnos lo recuerdan como el profesor más cercano que tuvieron, el que se acercaba a cada uno, el que se ponía donde pudiera escuchar. Perdía el canal principal y aun así conectaba con todos.
A un perro le importa poco quién eres
Imagínate que nadie te juzgara por tu coche, tu ropa, tu cuenta bancaria o tus seguidores en Instagram. Para muchos perros esa sociedad ya existe. Les da igual que seas director de una multinacional o que estés en el paro, que lleves un reloj de 20.000 euros o uno del mercadillo. Si les inspiras confianza y les tratas bien, tienes muchos números para ser su persona favorita.
Eso sí: si encima llevas una salchicha en el bolsillo, ya eres prácticamente Dios. 😂
Convivir no es tener que gustarnos
Esto lo he aprendido en Mas Torrencito. Aquí conviven perros de todos los tamaños, edades y caracteres. Los hay sociables, tímidos, los que llegan convencidos de que la finca es suya y los que necesitan tiempo y distancia. Algunos a los cinco minutos parecen amigos de toda la vida. Otros se miran y deciden que mejor cada uno por su lado. Y no pasa absolutamente nada.
La que mejor lo entendió fue Manuela. Buena como era, recibía a todos los perros buenos como si fueran de la familia. ¿Y a los no tan buenos? También los dejaba entrar. No había feeling, eso no. Pero tampoco se molestaban. Simplemente se ignoraban. O, dicho de otra manera, se respetaban: cada uno en su sitio, y la casa en paz.
Los perros también se equivocan y necesitan límites. Pero observarlos me ha enseñado algo que olvidamos constantemente: no hace falta pensar igual ni querer lo mismo para compartir un espacio con respeto.
Lo importante no se compra ni se colecciona
Le compras a tu perro una cama ortopédica de 200 euros, un juguete de última generación y un collar con GPS diseñado por la NASA. ¿Y dónde acaba durmiendo? En la caja del juguete. O encima de tus pies. O en el sofá que habías comprado para ti. Y más feliz que una perdiz.
Nosotros vivimos pensando que la felicidad está en la siguiente compra. Y con los amigos hacemos lo mismo: quinientos contactos, dos mil seguidores… ¿cuántos estarían contigo una tarde en la que no tienes ganas ni de hablar?
Un perro disfruta de un paseo sin prisas, una tarde al sol, un olor nuevo, la compañía de alguien querido. No cuenta los «me gusta». Construye los vínculos compartiendo tiempo.
Aprender a envejecer
Quienes hemos vivido con perros mayores sabemos que llega un momento en que las carreras se convierten en paseos y los juegos en largas siestas. Pero la necesidad de sentirse querido no se va nunca.
Recuerdo a Manuela, que fue la jefa de esta casa durante dieciséis años. Recuerdo a Don Markos. Y a tantos compañeros de cuatro patas que han pasado por nuestra vida.
Manuela y Don Markos, él cojo pero con buen paso, acompañaban cada día a los clientes al río. A su ritmo: lento pero firme, chino chano, poc a poc. Pero los llevaban. Y nunca se equivocaron de camino.
Ellos me enseñaron que hacerse mayor no es dejar de disfrutar. Es disfrutar de otra manera: más despacio, con menos ruido y con mucho más cariño. Nosotros vivimos obsesionados con parecer jóvenes y correr detrás de un reloj que no se para.
Y ahora lo divertido: ¿quién está educando a quién?
En Mas Torrencito llevamos años pidiendo a los humanos que eduquen a sus perros: que sepan convivir, que respeten a los demás, que entiendan los límites. Y me parece perfecto. Pero, puestos a pedir… ¿no deberíamos exigirnos lo mismo?
Porque he conocido perros estupendamente educados acompañados de humanos que no saben dar los buenos días. Perros que esperan tranquilos su turno mientras sus dueños se desesperan por cinco minutos de retraso. Y perros que disfrutan de una tarde mirando caer las hojas mientras sus humanos protestan porque no hay cobertura.
¡¡¡PARA HACÉRNOSLO MIRAR!!! 😂
No digo que los perros sean moralmente superiores. ¡Por favor! He visto a alguno robar comida con una sangre fría que ya quisieran muchos profesionales del ramo. Pero observarlos nos enseña mucho de nosotros mismos. Tener ordenadores en las aulas no significa aprender mejor. Tener inteligencia artificial no significa ser más inteligentes. Y tener mil formas de comunicarnos no significa saber escucharnos.
🐾 Una palabra para todo esto: bonhomía
Cuando le impusieron a mi padre la medalla de la Academia de Farmacia, el profesor que lo presentó cerró su discurso con una palabra que no se oye mucho: bonhomía. Viene del francés y significa afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter. Dijo que eso era, por encima de todo, lo que le caracterizaba.
Y pensándolo bien, eso es justo lo que nos enseñan los perros. No la inteligencia. No la tecnología. La bonhomía.
No sé qué pensará mi padre cuando lea esto, con sus noventa y tres años. Pero su frase me ha hecho ver algo que vivo cada día: el progreso no consiste solo en inventar cosas nuevas, sino en conseguir que nos ayuden a vivir, y sobre todo a convivir, mejor.
Así que hoy, desde Mas Torrencito, propongo una pequeña revolución educativa:
Mi padre tenía razón: usar una herramienta nueva no garantiza aprender mejor. Y yo añado lo mío: tener un cerebro más desarrollado tampoco garantiza que sepamos usarlo para convivir.
Si algún día conseguimos aplicar todo esto, podremos decir que hemos aprendido algo de nuestros perros. Aunque, conociéndonos… ¡¡¡ME DA QUE VAMOS A NECESITAR CLASES DE REFUERZO!!! 😂🐾
No me digáis «a tener paciencia cuando se come los zapatos».
Bueno… eso también vale. 😂
Os leo en los comentarios.
Preguntas frecuentes
¿Qué nos enseñan los perros sobre la vida?
A estar presentes, a no juzgar por las apariencias, a convivir respetando el espacio del otro, a disfrutar de las cosas sencillas y a envejecer sin perder las ganas de compartir.
¿Puede la tecnología sustituir la compañía?
No. Como comprobó D. Andrés Chordi tras décadas metiendo ordenadores en las aulas, una tecnología nueva no garantiza un mejor aprendizaje. Lo que de verdad conecta es estar con el otro, algo que un perro hace sin pantallas ni wifi.
¿Los perros tienen que llevarse bien entre ellos para convivir?
No necesariamente. En Mas Torrencito vemos a diario perros que se hacen amigos en cinco minutos y otros que prefieren ignorarse. Lo importante es que se respeten y que cada uno tenga su espacio.
¿Qué significa bonhomía?
Es una palabra de origen francés que describe la afabilidad, la sencillez, la bondad y la honradez en el carácter. Es, en el fondo, lo que nos enseñan los perros.
¿Pueden convivir perros de distintos caracteres en una casa rural?
Sí, con normas claras y presentaciones tranquilas. En Mas Torrencito los perros que no conocen la casa llegan atados hasta la presentación con los perros de la casa, y después van sueltos si su dueño lo ve viable.
Mas Torrencito — Parets d’Empordà, Girona. La primera casa rural para mascotas que acepta personas.






