Hay personas que entran en tu vida y sin que te des cuenta se convierten en parte de lo que eres.
Andrés es una de ellas.
Los dos somos navarros. Él de Los Arcos, yo de Pamplona. Los dos acabamos en el Empordà, cada uno con su masia, cada uno con su sueño, cada uno con su forma de entender esto. Y los dos sabemos lo que cuesta levantar algo así en medio de la nada.
Llevamos 16 años siendo familia. No amigos. Familia. Y si soy honesto, no se puede entender del todo lo que es hoy Mas Torrencito sin contar con él. Porque Andrés ha sido maestro y guía. De los que no te dan lecciones. De los que te las hacen vivir.

Eso es lo que ha tardado mi amigo mío en convertir unas ruinas en un sueño.
No lo digo como figura retórica. Lo digo literal. Una masia del 1830 en Espinavessa, en una carretera que no sale en los titulares de nadie, que cuando él la compró era poco más que piedras y deudas. Y que hoy es el Hotel Masia La Palma. Con restaurante Sa Poma. Con SPA. Con recomendación Michelin.
De unas ruinas a esto.
Pero no de golpe. Estas cosas nunca son de golpe.
Empezó como casa de colonias. Luego fue casa rural. Y poco a poco, paso a paso, apuesta a apuesta, se fue convirtiendo en lo que es hoy: un precioso hotel boutique, un Petit Grand Hotel con alma, con criterio, con personalidad propia. De esos que ya casi no quedan.
Andrés no llegó a este sector porque le tocó. Él venía del mundo de los viajes. Vendía experiencias a otros. Y un día, por cosas de la vida, llegó al Empordà, vio una masia en ruinas y decidió construir la suya propia. Sin manual de instrucciones. Sin red debajo. Sin nadie que le dijera que era buena idea.
Porque no lo era, sobre el papel.
Lo que la gente ve cuando llega al Hotel Masia La Palma es el resultado. El jardín que es un oasis. El restaurante con su cocina de producto. El SPA. El Bar de la Confiança con la chimenea encendida en invierno donde el tiempo se detiene. La recomendación Michelin enmarcada en la pared.
Lo que no ve nadie es lo otro.
Las noches levantado porque una fase de la luz ha saltado y no puedes llamar a nadie porque son las tres de la madrugada y eres tú el que tiene que arreglarlo. El agua que falla justo cuando no puede fallar. La fosa. Siempre la maldita fosa. Y los clientes… que de eso mejor no hablo porque esto es público. Jajaja.
Yo lo sé porque llevamos 16 años siendo familia. No amigos. Familia. De los que discuten, de los que no siempre están de acuerdo, de los que se dicen las verdades aunque duelan. Y de los que en los últimos años nos vamos a dormir como las gallinas, prontito, porque las pilas dan para lo que dan y esto del rural te las deja a cero antes de las diez.
Hemos hablado mucho. De todo. De luz, de agua, de fosas, de clientes, de decisiones, de dudas, de miedos. Y de sus frases, que las tiene buenas. Una que nunca se me ha olvidado: un abogado te saca de la cárcel pero no te olvides que también te mete. Cuántas veces me he acordado de esa.
Pero Andrés no construyó esto solo. Ni de lejos.

Tona en la cocina de Sa Poma, dándole alma a cada plato. Pep, su hijo, trabajando junto a ella entre fogones. Ana, su hija, siendo la cara y la voz de la Masia en recepción y marketing. Y Fabi, mujer de Pep, la que se encargaba de que cada habitación estuviera perfecta, de que todo estuviera en su sitio, de que el cliente nunca notara el esfuerzo que había detrás.
Una familia entera dentro de una masia. Durante 28 años.
Y cuando no había clientes, no había descanso. Había pintura. Había decoración. Había jardín que arreglar, detalles que mejorar, rincones que cuidar. Porque esto no es un trabajo del que te desconectas cuando cierras la puerta. Esto te consume. Y ellos se dejaron consumir con orgullo.
Sin ellos, nada de esto hubiera existido. Punto.
Los caminos de la vida a veces se separan. Así es esto. Pero lo que construyeron juntos es real. Existió. Y eso no lo borra nadie.
Detrás de 28 años hay un precio que no sale en ninguna reseña. Lo paga tu cabeza. Lo paga tu cuerpo. Lo paga tu familia. Que no es que lo hayan vivido… es que lo han mamado. Porque esto de lo rural conlleva sacrificios en todo. En lo personal, en lo físico, en lo mental. Es una apuesta personal. Es la forma elegida de vivir. Y la familia te apoya… que no significa que quiera tirar del carro para siempre.
Andrés ha vendido la Masia.
Y lo ha hecho bien, como hace las cosas. A unos señores que se enamoraron de ella. Así, sin más. Sin tener nada que ver con el sector. Solo con una condición: que su hija Ana se hiciera cargo. Y Ana lo dejó todo y se metió de cabeza.
Eso no es una venta. Eso es dejar un sueño en buenas manos. Eso es saber que los 28 años no mueren cuando cierras la puerta por última vez.
Hay duelo. Con 28 años dentro no puede ser de otra manera. Pero también hay algo que muy poca gente consigue: irse con dignidad. Habiendo pagado la hipoteca. Habiendo llegado a Michelin. Habiendo construido algo que se sostiene solo cuando tú ya no estás.
Hay un dicho que me gusta mucho y que él me enseñó: me extraña a mí que siendo araña te caigas de las paredes.
Andrés no se ha caído. Se ha bajado cuando ha querido.
Y eso, en este sector, es de los que realmente saben lo que hacen.
Querido Andrés… no estés triste. Estate orgulloso.
Mira lo que habéis construido. Mira lo que dejáis. Una masia con alma, con historia, con 28 años de vida dentro de cada piedra.
Esto no es el final.
Es el principio.
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