Cuando el turismo rural dejó de ser rural (y nadie dijo nada)

Hay verdades que el sector turístico lleva años evitando. Esta es una de ellas: el turismo rural, tal como nació, casi ha desaparecido. No porque haya fracasado. Sino porque lo han vaciado por dentro, le han puesto la misma etiqueta, y lo han vendido como si nada hubiera cambiado.

Y las asociaciones que deberían haber dicho algo llevan años mirando hacia otro lado.


Cómo nació el turismo rural (y por qué importa recordarlo)

El turismo rural no nació como negocio. Nació como solución.

En los años 80 y 90, especialmente en zonas como el Empordà, el campo español acumulaba décadas de éxodo. Masías abandonadas, economías agrarias en declive, pueblos que perdían población cada censo. Los fondos europeos LEADER llegaron con una lógica clara: si el campo no puede vivir solo de la agricultura, que viva también del turista que quiere escapar de la ciudad.

La idea era elegante en su simplicidad. El propietario de una masía abría sus puertas, ponía unas habitaciones, cocinaba con lo que tenía cerca, y recibía a familias urbanas que buscaban exactamente lo contrario de Benidorm. Pocas habitaciones. Trato directo. Sin recepción, sin uniforme, sin menú plastificado. El perro de la casa dormía donde le daba la gana porque era su casa.

No era un producto turístico. Era un proyecto de vida con huéspedes.

La Chimenea de Mas Torrencito Casa Rural Pet Friendly
La Chimenea de Mas Torrencito Casa Rural Pet Friendly

«20 años recibiendo huéspedes en una masía del siglo XV«


Lo que pasó después: plataformas, etiquetas y guerra de precios

Pasó lo de siempre cuando algo funciona: llegaron los que querían el beneficio sin la filosofía.

Primero fueron las plataformas digitales. Booking, Airbnb y sus variantes convirtieron cualquier inmueble en alojamiento turístico con cuatro fotos y una tarifa. De repente, un apartamento en una urbanización costera y una masía del siglo XV competían en el mismo buscador, ordenados por precio. El algoritmo no distingue entre alma y metros cuadrados.

Después llegó la etiqueta. «Casa rural» pasó de describir algo a vender algo. Hoy, en un radio de 30 kilómetros alrededor de Mas Torrencito, hay más de mil alojamientos turísticos. Casas rurales, hoteles rurales, y sobre todo HUTs — viviendas de uso turístico que no tienen de rural más que el código postal. Hace veinte años competías con treinta o cincuenta propiedades que entendían esto como tú. Hoy compites con apartamentos en la playa, pisos en urbanizaciones, y casas sin historia cuyo único argumento es el precio.

El resultado es una guerra de tarifas que el turismo rural genuino no puede ganar jugando con las mismas reglas. Ni debe intentarlo.

Lista de casas rurales de la asociación: «casas rurales con encanto en el Empordà«


Las asociaciones de turismo rural: atrapadas en su propio modelo

Aquí hay que ser directo, aunque incomode. Pero también hay que ser justo.

Las asociaciones de turismo rural nacieron con una función clara: defender el sector y garantizar que la etiqueta «casa rural» significara algo. Con el tiempo han cumplido la primera parte de forma irregular y la segunda, en la mayoría de casos, directamente no la han cumplido. Pero antes de señalar, conviene entender por qué.

Mantener una asociación tiene costes reales: personal, local, comunicación, representación institucional. Y en España, el apoyo de las administraciones autonómicas al turismo rural organizado es, en el mejor de los casos, inconsistente.

Lo que significa que la única forma sostenible de financiarse es crecer en número de asociados. Más asociados, más cuotas. Más cuotas, más capacidad operativa.

El problema es que ese modelo de supervivencia es estructuralmente incompatible con mantener criterios de calidad. Porque si necesitas crecer para pagar las facturas, no puedes permitirte rechazar a nadie. Y si no puedes rechazar a nadie, la etiqueta se vacía sola.

No es maldad. Es una trampa.

Turisme Rural Girona: un intento serio en un sistema roto

Hay quien lo intenta de todas formas. Turisme Rural Girona — la asociación a la que pertenezco — es un ejemplo de intento serio: las casas que agrupa son, en su mayoría, propiedades auténticas, con historia, con propietario presente. Hay criterios reales detrás.

Y hay un trabajo que no aparece en ningún comunicado: conectar a un asociado con un arquitecto cuando tiene un problema de licencia, buscar un ingeniero cuando la instalación no cumple normativa, resolver en silencio lo que de otra forma costaría meses y dinero. Ese valor existe. El problema es que solo lo ve el que lo ha necesitado. Para el resto, es invisible.

Y la cuota, claro, tiene que ser simbólica. Porque si no, la mitad se marcharía preguntando para qué sirve pertenecer. El resultado es una asociación que se desvive por sus miembros y no puede cobrar lo que realmente aporta. Infrafinanciada por diseño, útil por vocación.

Pero incluso con buena voluntad, la presión económica de sostenerse sin respaldo institucional suficiente acaba empujando en la dirección equivocada: aceptar más, filtrar menos, sobrevivir. Y eso es exactamente lo que no debería tener que pasar.

El problema no está en las personas que gestionan estas asociaciones. Está en que nadie ha construido un modelo donde hacer las cosas bien sea también económicamente viable. Mientras eso no cambie, las asociaciones seguirán atrapadas entre lo que quieren ser y lo que necesitan hacer para seguir existiendo.


Cuando una empresa gestiona más masías que toda una asociación

Hay un dato que resume mejor que cualquier argumento lo que está pasando en el turismo rural catalán: una sola empresa gestora gestiona más de 122 masías.

Y aquí viene lo que pocos cuentan: muchas de esas masías no siempre fueron lo que son ahora. Fueron casas rurales de verdad. Gestionadas por sus dueños. Con historia, con trato directo, con alma. Familias que durante años — a veces décadas — recibieron huéspedes, aguantaron temporadas malas, se levantaron a las seis de la mañana para preparar el desayuno, resolvieron cada problema ellos solos porque no había nadie más.

Pero el tiempo pasa. Los hijos no quieren continuar — y no se les puede reprochar, porque esto no es un trabajo, es una forma de vida que no todo el mundo está dispuesto a asumir. El cuerpo aguanta menos. La gestión digital se complica. Las plataformas cambian sus algoritmos cada seis meses. Y llega un momento en que mantener todo aquello solo, sin relevo generacional, sin apoyo, se hace insostenible.

Y entonces aparece alguien que dice: «yo me encargo de todo.»

No lo digo para señalar a nadie. Ni al gestor, que ha encontrado un modelo de negocio que funciona. Ni al propietario que delega, porque su decisión tiene toda la lógica del mundo desde su situación. Después de veinte o treinta años gestionando solo, nadie tiene la obligación de seguir haciéndolo.

El problema no está en las personas. Está en lo que representa el modelo a escala.

Cuando una sola empresa controla la comercialización de más de cien masías, ¿quién define realmente el producto? ¿El propietario que vivió allí y conoce cada rincón, o el gestor que optimiza tarifas desde una pantalla? ¿Quién responde cuando el huésped llega y la realidad no coincide con la foto? ¿Quién decide si se admiten perros, si se flexibilizan las normas, si se baja el precio para llenar el calendario?

La respuesta, en la mayoría de casos, ya no es el propietario.

Y aquí está la trampa silenciosa: estas masías siguen vendiéndose como turismo rural auténtico. Siguen teniendo el nombre de una familia, la foto de una fachada de piedra, la promesa de un trato cercano. Pero detrás hay una capa de gestión corporativa que homogeneiza, estandariza y optimiza. Exactamente lo contrario de lo que el turismo rural prometía ser.

Pero hay algo más que inquieta. Una asociación como Turisme Rural Girona, que lleva años trabajando para mantener criterios, para que sus miembros sean casas auténticas con propietario real detrás, tiene menos asociados que los que gestiona esta empresa sola. Una sola empresa. Al paso que va esto, las asociaciones que intentan hacer las cosas bien van a acabar siendo la minoría irrelevante de un sector que ya no se reconoce a sí mismo.

Esta gestora no es el villano de la historia. Es el síntoma más visible de un sector que no ha sabido dar herramientas a sus propietarios para sobrevivir solos, ni garantizar el relevo de los que ya no pueden más. Cuando nadie te ayuda a gestionar, acabas delegando. Y cuando delegas, algo de lo que eras se queda por el camino.


El gran engaño del «petfriendly»: tolerancia vendida como hospitalidad

Un ejemplo concreto, porque los ejemplos concretos duelen más que los argumentos abstractos.

El filtro «admite mascotas» se ha convertido en uno de los grandes timos del sector. Aparece en centenares de alojamientos que, en la práctica, reciben a los perros con una lista de condiciones que haría sonrojar a cualquier propietario que de verdad viva con animales: que no suba al sofá, que no se quede solo, que duerma en el coche, que no entre en ciertas habitaciones, que pague un suplemento por limpieza que ningún humano paga aunque ensucie más.

Admitir mascotas no es turismo con mascotas. Es tolerancia condicionada vendida como hospitalidad.

Cuando abrimos Mas Torrencito hace veinte años, los perros no eran un «servicio adicional». Eran parte de la casa, porque nosotros teníamos perros y entendíamos que quien viajaba con el suyo no debería tener que disculparse por ello. Esa filosofía no ha cambiado. Lo que ha cambiado es que ahora hay cientos de alojamientos usando el mismo vocabulario para describir algo completamente distinto.

turismo rural con perros en Girona sin restricciones de raza


Qué queda del turismo rural auténtico en el Empordà

Queda poco. Pero lo que queda importa.

Quedan los lugares donde el propietario sigue estando. No en una foto de la web, sino físicamente, cocinando el desayuno o explicándote dónde está el mejor camino para salir con el perro sin cruzarte con nadie. Quedan los sitios donde el entorno no es decorado sino razón de ser. Donde el tiempo va más lento no porque no haya wifi, sino porque nadie tiene prisa en que te vayas.

Son los lugares que no se han rendido a la lógica de las plataformas. Que no compiten en precio porque saben que ese juego está perdido de antemano. Que tienen claro lo que son y no necesitan parecerse a lo que no son.

El turismo rural no ha desaparecido. Se ha diluido entre miles de opciones que se le parecen pero no lo son. Y esa dilución tiene un coste real: el viajero que busca algo genuino cada vez lo tiene más difícil para encontrarlo, porque el ruido es ensordecedor.


¿Hacia dónde va el turismo rural? La pregunta que el sector no se hace

Si las asociaciones siguen sin poder distinguir, si la normativa sigue siendo permisiva con el uso de la etiqueta, si las plataformas siguen ordenando por precio, la respuesta es clara: hacia su propia irrelevancia. El turismo rural se convertirá en una categoría de marketing sin contenido, y los lugares que todavía tienen algo real quedarán enterrados bajo el algoritmo.

La alternativa existe, pero requiere honestidad. Requiere que el sector — los que quedan — tenga el valor de decir qué es turismo rural y qué no lo es. Requiere que las administraciones entiendan que financiar una asociación seria no es un gasto, es una inversión en que la etiqueta siga valiendo algo. Que el viajero aprenda a buscar mejor, a leer entre líneas, a desconfiar del filtro y fiarse del olfato.

Y requiere que los propietarios que llevan décadas haciendo esto bien dejen de disculparse por no ser más baratos ni más modernos ni más escalables.


Veinte años recibiendo perros en una masía del siglo XV en Parets d’Empordà me dan cierta perspectiva sobre todo esto. No lo digo con arrogancia. Lo digo porque cuando empezamos, nadie hablaba de «turismo rural con mascotas» como categoría. Era simplemente lo que éramos.

El problema no es que haya demasiados alojamientos.

El problema es que cada vez hay menos lugares de verdad.


Preguntas frecuentes sobre turismo rural auténtico

¿Qué diferencia hay entre una casa rural auténtica y un HUT?

Una casa rural auténtica es gestionada directamente por su propietario, tiene historia real, y el trato es personal y cercano. Un HUT (Vivienda de Uso Turístico) es cualquier inmueble habilitado para alquiler vacacional — puede ser un piso en una urbanización, un apartamento costero, o una casa sin ningún vínculo con el entorno rural. Comparten plataforma y a veces precio, pero son productos completamente distintos.

¿Qué significa realmente que un alojamiento sea «petfriendly»?

Lamentablemente, muy poco en la mayoría de casos. Muchos alojamientos marcan el filtro «admite mascotas» pero imponen condiciones restrictivas: el perro no puede subir al sofá, no puede quedarse solo, tiene que pagar suplemento de limpieza. Un alojamiento genuinamente petfriendly recibe al perro como parte del viaje, sin condiciones que hagan sentir al dueño que está pidiendo un favor.

¿Admite Mas Torrencito perros de razas PPP?

Sí. Mas Torrencito no tiene restricciones de raza. Llevamos 20 años recibiendo perros de todas las razas y tamaños, incluidas las clasificadas como potencialmente peligrosas. La única condición es que vengan con su dueño responsable.

¿Cuántos alojamientos turísticos hay en el Empordà?

Solo en un radio de 30 kilómetros alrededor de Mas Torrencito hay más de 1.000 alojamientos turísticos registrados. La mayoría son HUTs o propiedades gestionadas por terceros. Las casas rurales auténticas con propietario presente son una minoría cada vez más pequeña.

¿Qué es Turisme Rural Girona?

Turisme Rural Girona es la asociación de turismo rural de la provincia de Girona a la que pertenece Mas Torrencito. A diferencia de otras asociaciones, mantiene criterios reales de autenticidad: las propiedades asociadas son mayoritariamente masías gestionadas por sus propietarios. Es uno de los pocos referentes serios del sector en Cataluña.

¿Por qué hay cada vez menos turismo rural de verdad?

Por una combinación de factores: la proliferación de plataformas que equiparan cualquier alojamiento, la falta de criterios claros en la normativa, el envejecimiento de los propietarios sin relevo generacional, y la presión económica que empuja hacia la delegación de la gestión a empresas externas. El resultado es un sector donde la etiqueta «rural» ha perdido significado real.

Miguel Chordi — propietario de Mas Torrencito, Parets d’Empordà (Girona)
20 años de turismo rural con perros. Sin restricciones de raza. Sin letra pequeña.

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🐾 Mas Torrencito

Turismo rural pet friendly en Girona
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Desde MasTorrencito te deseamos un buen día y que tus perros te acompañen!!!!
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🌿 Sostenibilidad, bienestar y espíritu petfriendly en Mas Torrencito

En Mas Torrencito entendemos la sostenibilidad como algo inseparable del bienestar de las personas… y de sus perros. Vivimos rodeados de naturaleza y compartimos el espacio con animales todos los días, así que cuidar el entorno no es una opción: es parte de nuestra forma de vivir.

Por eso apostamos por un modelo de turismo rural consciente, eficiente y profundamente petfriendly, donde la tecnología, el respeto por el entorno y la convivencia con mascotas van de la mano.


☀️ Energía solar producida en casa

Disponemos de una instalación fotovoltaica formada por:

  • 🔹 72 placas solares

  • 🔹 Potencia unitaria: 450 W

  • 🔹 Potencia total instalada: ~32,4 kWp

Gracias al alto nivel de radiación solar del Empordà, esta instalación permite una producción anual estimada de entre 50.000 y 55.000 kWh, cubriendo una parte muy importante del consumo energético del alojamiento.

➡️ Gran parte de la energía que calienta el agua, ilumina las habitaciones y da confort a huéspedes y mascotas se genera en la propia Masia.


🔋 Baterías para aprovechar cada rayo de sol

La energía solar se complementa con un sistema de almacenamiento de:

  • 🔹 40 kWh en baterías

  • 🔹 Aprovechamiento de excedentes

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Esto nos permite:

  • reducir la dependencia de la red,

  • minimizar picos de consumo,

  • y garantizar un suministro más estable, incluso en momentos de alta ocupación (cuando perros y personas disfrutan a pleno rendimiento 🐶😄).


🌡️ Confort térmico eficiente (aerotermia)

La climatización de Mas Torrencito se realiza mediante aerotermia, un sistema altamente eficiente y respetuoso con el medio ambiente:

  • menor consumo energético,

  • reducción de emisiones,

  • temperatura estable y confortable todo el año.

Ideal para que las personas estén a gusto… y los perros duerman tranquilos, sin excesos de calor ni frío.


💧 Uso responsable del agua

Contamos con sistemas de reciclaje de aguas grises, reutilizando el agua procedente de duchas y lavabos para otros usos no potables.

En un entorno rural, cada gota cuenta, especialmente cuando hay jardines, zonas verdes y perros felices correteando.


♻️ Reciclaje y gestión responsable de residuos

Fomentamos una gestión consciente de residuos:

  • separación selectiva,

  • reducción de plásticos,

  • uso responsable de productos de limpieza y consumibles.

Todo ello con el objetivo de mantener un entorno limpio, sano y seguro para personas y mascotas.


🐾 Turismo rural con sentido (y con huellas)

Mas Torrencito es:

  • una casa rural donde los perros son parte de la familia,

  • un proyecto que cuida del entorno natural,

  • y un lugar donde sostenibilidad y petfriendly no son etiquetas, sino una realidad diaria.

Porque creemos que no hay mejor turismo rural que el que respeta la naturaleza… y a quienes la disfrutan con cuatro patas 🐕💚.