El cliente sin rostro y el perro con personalidad by MasTorrencito

Hay una especie de fenómeno extraño, un misterio cotidiano que se repite con más frecuencia de la que uno creería: recordamos a los perros mejor que a sus dueños. No es algo intencional, no es que queramos olvidar rostros humanos mientras nuestras memorias guardan con cariño cada detalle de un hocico peludo o un meneo de cola. Es simplemente algo que sucede. Y me ha pasado tantas veces que ya he dejado de luchar contra ello.

Trabajar en un alojamiento implica ver pasar decenas, incluso cientos de personas cada mes. Hombres, mujeres, parejas, familias. Todos llegan, se registran, piden recomendaciones sobre dónde comer o qué ver en los alrededores, dejan sus maletas, se instalan y luego desaparecen, difuminándose en un vago recuerdo colectivo de «gente que pasó por aquí». Pero si traen un perro… ah, eso es otra historia.

El check-in que no deja huella (pero sí la deja el perro)

Hace unos días, recibí a una pareja. Nada fuera de lo normal. La escena fue como cualquier otra: llegaron con sus maletas, sonrieron, hicieron algunas preguntas sobre la habitación y recibieron las llaves. ¿Sus nombres? No lo recuerdo. Ni siquiera podría describir sus rostros con certeza. Sin embargo, lo que sí recuerdo es que traían un perro llamado Rocky. Un perro de tamaño mediano, pelo brillante y una energía contagiosa. Cuando entró en la recepción, exploró con curiosidad, olisqueó mi zapato y me miró con esos ojos llenos de expectativa y alegría. Me reí y le acaricié la cabeza. No sé cuánto duró el check-in, tal vez cinco minutos, tal vez diez, pero cuando se fueron, solo me quedó una certeza: Rocky era un gran perro.

El encuentro en el pueblo

Horas después, salí al pueblo a hacer unos recados. Caminaba rápido, ensimismado en mis propios pensamientos, cuando de repente vi un perro moviendo la cola. Automáticamente, mi cerebro encendió todas las alarmas: ¡Rocky!. Me detuve y sonreí. Sí, era él. Su andar era inconfundible, su expresión de felicidad, inalterable. Sin dudarlo, me acerqué para saludarlo. Rocky correspondió con un entusiasmo desbordante, saltando levemente y moviendo la cola con energía. Entonces, escuché una voz humana:

—¡Hola!

Me giré y vi a dos personas sonriendo. Error. No tenía idea de quiénes eran.

Mi mente hizo un esfuerzo desesperado por ubicarlos en algún lugar de mi memoria. Nada. Solo la sensación incómoda de haberlos visto antes, pero sin contexto ni detalles. Como cuando encuentras una pieza de un rompecabezas, pero no recuerdas a qué caja pertenece. Me quedé mirando, tratando de ganar tiempo. Finalmente, el hombre habló:

—Nos hiciste el check-in hace unas horas.

Ahí todo encajó. Los dueños de Rocky. Claro, ahora tenía sentido. Me reí un poco, con la ligera vergüenza de haber recordado al perro antes que a ellos.

—¡Por supuesto!—dije con entusiasmo, intentando que mi reacción pareciera natural. Acto seguido, me volví hacia Rocky y le pregunté—: ¿Y qué tal la habitación? ¿Está a gusto?

Los dueños rieron, y la tensión se disipó. Sabían perfectamente lo que había pasado. No era la primera vez que alguien se acordaba de su perro antes que de ellos. No sería la última.

No es la primera vez (ni la última)

Y es que esto no es algo aislado. Me ha sucedido innumerables veces. Como aquella vez que un cliente se alojó con su labrador llamado Duna. Duna era una perra preciosa, de mirada dulce y pelaje dorado. Se quedó varios días, y cada vez que la veía en la recepción, la saludaba con la emoción de quien encuentra a un viejo amigo. Cuando los dueños se fueron, los olvidé en cuestión de minutos. Pero Duna quedó grabada en mi memoria.

Unas semanas después, caminando por un supermercado, vi a un perro idéntico. Sin pensarlo dos veces, exclamé:

—¡Duna!

El perro volteó y me miró con una mezcla de curiosidad y reconocimiento. Yo sonreí, encantado de encontrarme con mi vieja amiga. Luego noté a dos personas que me observaban con una expresión de sorpresa.

—Hola… —dijeron con un tono de incertidumbre.

Los miré, desconcertado. ¿Quiénes eran? Me esforcé por recordar, pero nada. Absolutamente nada. Como si nunca los hubiera visto en mi vida.

—Perdón, pero… ¿nos conocemos? —pregunté con honestidad.

La mujer rió y el hombre negó con la cabeza, divertido.

—Nosotros no lo sabemos, pero parece que recuerdas bien a nuestra perra. Nos hospedamos contigo hace dos semanas.

Otra vez la historia se repetía. Duna: sí. Humanos: no.

Me disculpé con una risa nerviosa y seguimos conversando, pero el patrón estaba claro: no era que los humanos fueran irrelevantes, es que los perros tenían una presencia mucho más marcada.

El perro como protagonista de la memoria

¿Qué tienen los perros que los hace más memorables que sus dueños? Tal vez sea su energía, su autenticidad, el hecho de que no disimulan ni intentan aparentar nada. Un humano puede llegar al check-in cansado, serio o con la mente en mil preocupaciones. Los perros, en cambio, entran con la curiosidad de quien explora un mundo nuevo, con la emoción de quien no necesita razones para estar feliz.

Es un fenómeno tan común que he llegado a normalizarlo. He conocido a Max, un bulldog francés que roncaba incluso despierto. A Luna, una husky con ojos deslumbrantes que parecía tener su propio lenguaje. A Thor, un carlino con sobrepeso que exigía caricias con una autoridad absoluta. Todos ellos han quedado en mi memoria, mientras que sus dueños… bueno, digamos que si me los cruzo sin el perro, difícilmente los reconozca.

Reflexión final

Este curioso fenómeno nos dice algo interesante sobre la manera en que recordamos. Los perros no solo son más fáciles de identificar porque son menos en cantidad que las personas; también porque su esencia deja una marca. No tienen la frialdad de las interacciones superficiales, ni los filtros sociales que muchas veces nos distancian de los demás. Son seres que viven el presente, que transmiten energía sincera, que generan emociones sin esfuerzo.

Los humanos, en cambio, solemos ser más grises en la rutina. Decimos «buenos días» de manera automática, hacemos check-ins sin conexión real, nos movemos por la vida pensando en lo siguiente, en lugar de estar completamente en el ahora. Tal vez por eso los perros se quedan en nuestra memoria con más facilidad: porque ellos siempre están presentes en el momento, mientras que nosotros estamos demasiado ocupados en el pasado o en el futuro.

Así que la próxima vez que me cruce con un perro, lo saludaré con la misma emoción de siempre. Y si sus dueños me miran con cara de «¿y a nosotros qué?», al menos podré responder con honestidad:

—Es que vuestro perro tiene algo especial.

Y no será una mentira. Porque todos los perros lo tienen.

Desde MasTorrencito te deseamos un buen día y que tus perros te acompañen!!!!

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