Hay perros que pasan por tu vida y hay perros que se instalan en ella sin pedirte permiso. Mastín fue de los segundos. Y lo hizo exactamente así: sin permiso, sin invitación, con ochenta kilos de descaro y una paciencia infinita para esperar a que le abriéramos la puerta.
El intruso
Todo empezó una tarde en la terraza. Una tarde cualquiera, de esas tranquilas que tienes aquí en el Empordà cuando baja el sol y el mundo se pone en pausa. Markos, Manuela, Masto, Maky y Mamas dormitaban o hacían lo suyo, y de repente los cinco se pusieron a ladrar como si el apocalipsis hubiera llegado por el camino de tierra.
Me levanté, miré hacia allá, y lo vi.

Un perro que parecía un caballo. Un mastín enorme, tranquilo, que avanzaba hacia Mas Torrencito como si llevara toda la vida viniendo. Los míos iban detrás de él ladrándole, y el Maky —que es un inconsciente redomado— se le había colgado literalmente del cuello. Y yo pensando: se lo come. El mastín ni se inmutó.
Logramos reunir a los nuestros, los encerramos en casa, y el grandullón desapareció por donde había venido. Al día siguiente volvió. Y al otro. Y así durante semanas, cada mañana y cada tarde, con toda la puntualidad del mundo y sin que nadie le hubiera pedido que viniera.
Preguntando por el vecindario, supimos que pertenecía a una masía al otro lado del río. Llamamos a sus dueños, les dijimos que el perro estaba aquí, que vinieran a buscarlo. Vinieron. Y él volvió. Una y otra vez.
El que se quedó
Con el tiempo, y sin que nadie tomara ninguna decisión consciente, las cosas fueron cambiando. Llegó el final del verano, los clientes se fueron escaseando, y un día —uno de esos días que recuerdas sin saber exactamente por qué— nuestros perros dejaron de ladrarle. Simplemente lo aceptaron. Se tumbó en la terraza como si fuera su sitio, los clientes que quedaban le hacían mimos, y él no se movía.
La primera noche lo dejé dormir en el chill out. La segunda, en la entrada. A la tercera me lo encontré en el sofá, con los nuestros tumbados a su lado, como si llevaran años durmiendo juntos.
Llamé a la Masovera —ella era quien realmente lo quería y se preocupaba por él, los dueños eran unos señoritos de Barcelona que lo tenían para vigilar la masía— y le dije que o venían a buscarlo definitivamente, o lo ataban, o lo que fuera, pero que así no podía seguir. La respuesta que me dio me dejó sin palabras: «Me han dicho que te lo quedes. Que no vale nada.»
Que no vale nada.
Me lo quedé ese mismo día. Y fui directo al veterinario a castrarlo, porque tenía unos pedazos de… bueno, ya me entendéis.

Pero la parte que más me marcó vino después. Aquel 31 de diciembre, Mastín desapareció. Todo el día sin aparecer, cosa rarísima en él. Por la noche volvió. Y al día siguiente me llamó la Masovera para contarme que había pasado el día entero con ella. Que se había ido a despedirse.
Un perro que se despide. Que cierra una etapa. Que sabe, de alguna manera que no sabemos explicar, que hay un antes y un después. Eso es Mastín.
El jefe
Se adaptó de una manera que todavía me asombra. Se convirtió en el jefe de la manada sin necesidad de imponerse. No hacía falta: bastaba con su presencia. Cuando el Masto o el Maky empezaban a alterarse, él los paraba en seco. Sin drama, sin ladridos, con esa autoridad tranquila que tienen los que de verdad mandan.
Los clientes lo adoraban. Imponía mucho cuando lo veían por primera vez —ochenta kilos de mastín te hacen replantear ciertas cosas— pero en cuanto lo conocían cinco minutos se convertía en un peluche gigante. Se dejaba abrazar, manosear, fotografiar. Era paciente como pocos perros he conocido.
El verano del 2020, después del primer confinamiento, fue su gran momento. La gente salía eufórica de meses encerrada, y Mastín estaba ahí, esperándolos. Se iba con ellos al río, abría el camino, vigilaba que no viniera nadie. Don Markos cerraba la comitiva por detrás. Era una estampa. Si no conoces los rincones por los que Mastín abría camino, aquí tienes 10 rutas poco conocidas desde Mas Torrencito para hacer con tu perro.

El macroesófago
Los primeros síntomas parecían una tontería. Una especie de tos, como si se hubiera atragantado. Pensamos que en un par de días se le pasaría. Pero al tercer día seguía igual, así que lo llevamos al veterinario. Revisión, antibióticos, a casa. Mejoró un poco, empeoró otro poco… y entonces empezó a vomitar babas. Mucha baba. Y ahí nos asustamos de verdad.
Llamé a Judith un domingo. Al oírme, me dijo: «Ve para la clínica, que te veo allí.» En tres minutos ya estábamos. Cuando llegó y lo vio, su cara nos dijo todo antes de abrir la boca.
«Miguel, creo que podría ser macroesófago.»
Para los que no lo conozcan: el macroesófago es una dilatación del esófago que impide que la comida llegue al estómago correctamente. El perro come, pero la comida se queda a medio camino y acaba regurgitando. En razas grandes, y especialmente en mastines, es una condena.
Este problema, que los veterinarios llaman megaesófago en el Manual de Merck, es una condena en razas grandes.
Nos mandó a Canis para hacer las pruebas completas. Placas, TAC, analítica. La doctora salió al cabo de un rato y confirmó el diagnóstico. Nos dijo que podíamos intentar darle de comer de pie para ayudar a que la comida bajara por gravedad, manteniéndolo así una hora después de cada comida. La miré. Miré a Mastín. Ochenta kilos de perro. «Eso es lo que hay», me dijo.
Intentamos todo lo que estuvo en nuestra mano. Incluso enviaron una muestra de sangre a Estados Unidos para valorar un tratamiento experimental que se estaba probando en muy pocos casos. El resultado llegó semanas después: no era compatible.

La última mirada
Hubo días buenos y días malos. Pero poco a poco Mastín fue perdiendo peso. Por las noches yo me quedaba leyendo sobre el macroesófago en internet, con el estómago encogido, sabiendo perfectamente adónde llevaba aquello.
Tenía muy claro una cosa: no iba a dejar que llegara a ese estado. No iba a ser tan egoísta como para tenerlo aquí un par de meses más mientras él se consumía por dentro solo porque yo no era capaz de soltar.
Hablé con Mireia. Llamamos a Judith. Le pedimos que nos abriera la clínica.
El último día, antes de llevarlo, me quedé a solas con él un momento. No le dije nada. Solo lo miré. Y él me miró.
Y te juro que me dijo gracias.
Se fue tranquilo, sosegado, como había vivido siempre. Con dignidad. Como un señor.
Por qué nos eligieron a nosotros
Hay gente que nos pregunta por qué hacemos esto. Por qué aceptamos todos los perros, todas las razas, todos los tamaños, sin límites ni asteriscos ni letra pequeña. Y la respuesta honesta es que nosotros no elegimos ser lo que somos. Fueron ellos los que nos eligieron a nosotros.
Mastín no llamó a nuestra puerta porque leyera una reseña en Google. Vino porque cruzó el río, olió algo que le gustó y decidió que aquí era. La energía del lugar, los clientes que venían con sus perros y llenaban esto de vida, la manada que había aquí esperándole. Algo le dijo que este era su sitio. Y tenía razón.
Eso es Mas Torrencito. No un alojamiento que tolera perros, sino un lugar que los atrae. Que algo tiene —en el aire, en la gente que viene, en la forma en que funciona todo esto— que hace que los perros lo sepan antes que sus dueños. Mastín lo supo desde el primer día. Tardó meses en convencernos a nosotros, pero él lo tenía clarísimo desde el principio.
Por eso cuando la gente nos dice «qué bonito que aceptéis a todos los perros», yo pienso: no es que los aceptemos. Es que ellos nos eligen. Y nosotros aprendimos, hace ya muchos años, a estar a la altura de esa elección. Incluso con los que otros rechazan en la puerta — si tienes un perro PPP y sabes lo que es que te digan que no, aquí entenderás perfectamente de qué hablo.
Epílogo
Mastín llegó sin que nadie lo invitara, se quedó porque quiso, se despidió de quien lo había querido antes de empezar su nueva vida, y se fue cuando llegó el momento sin hacer ruido ni escándalo.
No sé cómo llamar a eso. Yo lo llamo nobleza.
Mastín Tiruri Tururá. Siempre uno de los nuestros.
En Mas Torrencito no creemos en esa historia de que un perro «no vale nada». Aquí los perros no vienen de visita: son parte de todo. Si quieres saber más sobre cómo vivimos esto cada día, descubre más historias en nuestro blog.
Preguntas sobre Mastín y la vida con perros grandes
En nuestro caso, fue un proceso. Al principio los nuestros lo rechazaban, el Maky se le colgaba del cuello y yo pensaba que se lo iba a comer. Pero Mastín esperó, con esa paciencia enorme que tienen los perros que saben lo que valen. Cuando finalmente lo aceptaron, se convirtió en el jefe natural de la manada: sin violencia, sin drama, solo con presencia. Con los clientes era lo mismo — imponía a primera vista, pero en cinco minutos ya era el peluche gigante de todos.
El macroesófago es una dilatación del esófago que impide que la comida llegue correctamente al estómago. El perro come, pero la comida se queda a medio camino y acaba regurgitando. En razas grandes como el mastín español, donde hablamos de animales de 80 kilos o más, las opciones de manejo son muy limitadas. El tratamiento habitual es darles de comer en posición vertical y mantenerlos así durante una hora, algo que con un perro de ese tamaño es casi imposible. En el caso de Mastín, ni siquiera era compatible con el único tratamiento experimental disponible.
Es la pregunta más difícil que te puedes hacer. En nuestro caso, lo tuve claro cuando entendí que seguir adelante era más por mí que por él. Mastín se estaba consumiendo por dentro, perdiendo peso cada semana, y mantenerlo unos meses más habría sido un acto de egoísmo, no de amor. La dignidad con la que vivió nos marcó el camino: si había vivido como un señor, merecía irse como un señor.
Sí, y sin límite de tamaño ni de número de perros por habitación. Llevamos más de 20 años siendo la casa rural con perros de referencia en Girona, y hemos tenido de todo: mastines, dogos, pastores alemanes, pitbulls, perros considerados PPP… Aquí ningún perro «no vale nada». Si tienes dudas sobre tu perro concreto, escríbenos y lo hablamos.
¿Tienes un perro que se ha ganado su sitio a pulso, como Mastín? Cuéntanoslo en los comentarios. Estas historias merecen ser contadas.
Mastín eligió Mas Torrencito antes de que nosotros lo eligiéramos a él. Si tu perro y tú estáis buscando un sitio donde de verdad se note la diferencia, igual es que ya os estamos esperando.
→ Consulta disponibilidad y reserva directa en el mejor precio garantizado





