El hueco
y el espacio
Hay perros que se marchan y dejan un silencio enorme. Y hay otros que llegan cuando todavía estamos llorando. Pero ¿significa eso que hemos olvidado a los primeros?
¿Adoptar otro perro después de perder al tuyo es una traición?
La pregunta¿Es una traición volver a querer?
Coger un perro cuando se te acaba de morir otro… ¿es una traición?
Es una pregunta que casi nadie hace en voz alta, quizá por pudor, quizá por miedo a lo que puedan pensar los demás. Pero es una pregunta con la que muchísima gente se castiga por dentro.
La respuesta corta es no.
Rotundamente no.
Cuando das ese paso demasiado pronto, o lo que otros consideran demasiado pronto, hay quien piensa que intentas tapar un agujero.
Que no sabes estar solo.
Que necesitas llenar a toda prisa el silencio de una casa vacía.
Que estás sustituyendo a quien acabas de perder.
Pero quienes hemos compartido la vida con perros sabemos que la realidad puede ser otra. Mucho más sencilla. Mucho más humana.
A veces lo hacemos por dos motivos.
Porque abrirle la puerta a otro perro puede ser el mejor homenaje posible al que se fue.
Y porque, si no, a veces se nos cae la vida encima.
Y no pasa absolutamente nada por reconocerlo.
La casa vacíaCuando se marcha un perro, también se marcha una forma de vivir
Cuando convives durante años con perros, tu vida deja de organizarse alrededor del reloj y empieza a hacerlo alrededor de ellos.
Son los paseos de madrugada, cuando todavía no ha amanecido.
Son las rutinas que repites sin darte cuenta.
Son los pelos en la ropa.
Las correas colgadas junto a la puerta.
El ruido de unas uñas recorriendo el pasillo.
El hocico que aparece debajo de la mesa cuando estás comiendo.
Esa mirada que te dice que ya va siendo hora de salir, aunque tú estés convencido de que faltan veinte minutos. Y esa capacidad extraordinaria que tienen para ocupar todos los rincones de una casa sin pedir permiso.
Acabas construyendo tu vida alrededor de ellos. Y lo haces encantado.
Por eso, cuando se van, no solo se rompe el corazón.
Se derrumba también una forma de vivir.
De repente te sobra tiempo. Demasiado tiempo.
Miras la correa y ya no hay nadie tirando de ella.
Abres la puerta y nadie pasa delante.
Preparas la comida y te descubres buscando otro cuenco.
Vuelves a casa y, durante unos segundos, todavía esperas encontrar una cabeza levantándose para saludarte.
Hasta que recuerdas que ya no está.
Y entonces llega ese golpe silencioso. Ese que nadie ve. Ese que aparece cuando menos te lo esperas.
Y duele.
Joder, si duele.
Masto y Mastín TiruríEllos también notan las ausencias
En Mas Torrencito hemos vivido muchas despedidas. Demasiadas.
Y algunas no solo nos cambiaron a nosotros. También cambiaron a los perros que se quedaron.
Cuando se nos fue Mastín Tirurí, algo se apagó dentro de Masto.
No se volvió agresivo.
No se volvió distante.
No dejó de comer ni de hacer su vida.
Simplemente…
Dejó de jugar.
Así, sin más. Como si una parte de él hubiera entendido que alguien muy importante ya no iba a volver. Y nunca volvió a ser el mismo.
No sé si los perros entienden la muerte como la entendemos nosotros. Ni pretendo meterme en su cabeza.
Algunos estudios han observado cambios en el comportamiento de los perros después de perder a un compañero con el que convivían: menos ganas de jugar, cambios en el sueño, en el apetito o en su necesidad de contacto.
Pero hay algo que ningún estudio puede contarme mejor que lo que vi en Masto.
Su compañero se había ido. Y él lo notaba.
Porque ellos también tienen vínculos.
También tienen costumbres.
También tienen amigos.
Y también tienen ausencias.
Y cuando un perro cambia, cambia toda la casa.
El dueloEl que llega no borra al que se fue
Por eso traer otro perro no significa olvidar. No significa pasar página. Y muchísimo menos sustituir.
El duelo sigue ahí. Camina contigo. Se sienta a tu lado durante meses. A veces durante años.
Hay días en los que parece que ya has aprendido a convivir con él. Y, de pronto, encuentras una fotografía. Escuchas un ladrido parecido. O ves a otro perro hacer aquel gesto tan suyo. Y vuelves a tener un nudo en la garganta.
Pero un día aparece un cachorro. O un perro rescatado. O unos ojos que necesitan un hogar.
Y ese nuevo compañero te obliga a levantarte del sofá.
Te obliga a volver a salir.
A recuperar los paseos.
A reírte de alguna trastada.
A preocuparte porque se ha comido algo que no debía.
A volver a casa sabiendo que alguien te espera.
Y eso no borra el dolor. Solo evita que el dolor lo ocupe todo.
Seguir viviendo no significa dejar de recordar. Y volver a querer no significa haber querido menos.
De lo que nadie hablaLa culpa de volver a sonreír
Hay algo de lo que se habla muy poco. La culpa.
Esa culpa absurda, pero terriblemente humana, que aparece cuando empiezas a disfrutar de otro perro mientras todavía echas de menos al anterior.
A veces sucede el primer día que vuelves a reírte de verdad.
El nuevo hace una trastada.
Te roba un calcetín.
Se pone patas arriba esperando caricias.
O te mira con esa cara de inocente que todos sabemos que es mentira.
Y tú te ríes. Te ríes de verdad.
Pero, de repente, te viene a la cabeza el que ya no está. Y sientes una pequeña punzada. Como si hubieras hecho algo malo. Como si esa carcajada fuera una traición. Como si disfrutar de otro perro significara que estás empezando a olvidarlo.
Y quizá hasta te descubres pidiéndole perdón. A alguien que, si pudiera verte, quién sabe… quizá sería el primero en alegrarse de que volvieras a sonreír.
Porque el amor que sentiste por él no desaparece cuando empiezas a sentir amor por otro.
No se reparte.
No se divide.
No se gasta.
El amor no funciona por sustituciones.
Funciona por acumulación.
Mas Torrencito · El hueco y el espacio
Veinte años de puerta abiertaPerros que nunca se han ido del todo
Después de tantos años en Mas Torrencito, hemos visto una escena repetirse una y otra vez.
Tenemos clientes que llevan viniendo prácticamente veinte años. Y veinte años dan para muchas cosas. Para enamorarse. Para tener hijos. Para cambiar de trabajo. Para hacerse mayor. Y, desgraciadamente, también para despedirse de varios compañeros de cuatro patas.
Hemos visto llegar a familias con perros jovencitos que corrían como auténticos descosidos por el campo. Los hemos visto hacerse mayores. Caminar más despacio. Dormir más horas. Y preferir una buena sombra a perseguir cualquier cosa que se moviera.
Hasta que un año dejaron de venir.
Y después volvieron.
Con otro perro.
Y luego con otro.
Y con otro.
Pero jamás olvidaron a los anteriores. Jamás.
Siguen hablando de ellos por su nombre. A veces han pasado diez o quince años y todavía recuerdan perfectamente qué balsa era su favorita. Dónde se escondían cuando no querían volver. Con quién jugaban. Qué trastada hicieron aquel verano. Dónde se tumbaban después de desayunar.
Y nosotros también nos acordamos de muchos. Porque hay perros que han pasado por esta casa y que, de alguna manera, siguen formando parte de ella. Aunque ya no estén.
Y eso, después de tantos años, es una de las cosas más bonitas que nos ha regalado Mas Torrencito:
Haber conocido a perros que ya no viven, pero que siguen apareciendo en nuestras conversaciones.
Bajo los árbolesLas últimas vacaciones
Y luego están esos momentos que nos encogen el corazón.
Los que llaman porque su perro ya es muy mayor.
Porque tiene catorce, quince o dieciséis años.
Porque apenas puede subir escaleras.
Porque las patas ya no responden como antes.
Porque saben que quizá no le quedan demasiadas vacaciones.
Y quieren que las últimas sean aquí.
Quieren verle recorrer una vez más los caminos que conoce de memoria. Tumbarse bajo los árboles donde descansó tantos veranos. Verle correr, aunque ahora correr signifique dar cuatro pasos un poquito más deprisa.
Quieren que vuelva a meter las patas en el agua. Que huela aquellos rincones que tanto le gustaban. Que vuelva a los lugares donde jugó con Manuela, con Max, con Markos o con tantos otros amigos que también fueron dejando su huella en esta casa.

Quieren guardar un último recuerdo feliz.
Y nosotros los vemos. Vemos cómo los ayudan a bajar del coche. Cómo esperan pacientemente a que terminen de subir un escalón. Cómo los miran mientras duermen.
Y en esa mirada hay algo que no necesita explicaciones. Saben que el tiempo se está acabando. Y quieren aprovecharlo.
Y cuando les vemos marcharse, muchas veces pensamos que quizá sea la última vez que veamos a ese perro. Ojalá nos equivoquemos. Ojalá vuelva el año siguiente.
Pero cuando no sucede, entendemos perfectamente lo que sienten. Porque también hemos pasado por ello.
No vienen a Mas Torrencito para aprender a olvidarlos. Vienen precisamente porque saben que nunca podrán hacerlo.
Sin calendarioCada uno necesita su tiempo
También quiero dejar algo muy claro. No todo el mundo necesita tener otro perro inmediatamente.
Hay quien pierde a su compañero y necesita parar. Descansar. Viajar sin horarios. Pasar una temporada sin responsabilidades. O simplemente aprender a vivir con el silencio.
Y hace bien. Tan bien como quien, a los pocos días, abre de nuevo las puertas de su casa a otro animal.
No existe un calendario para el duelo. No hay que esperar seis meses. Ni un año. Ni demostrarle a nadie cuánto querías a tu perro permaneciendo solo.
El amor no se mide por el tiempo que tardas en volver a querer.
Y tampoco se demuestra adoptando otro perro si todavía no estás preparado. Cada corazón tiene sus tiempos. Cada persona tiene su manera de despedirse.
Lo importante es que el nuevo compañero llegue porque quieres compartir tu vida con él, con sus propias necesidades, su carácter y su historia. No porque tenga la obligación imposible de convertirse en quien perdiste.
Porque ningún perro merece vivir a la sombra de otro. Y ninguno debería tener que parecerse al anterior para ser querido.
Lo que he aprendidoEl hueco y el espacio
Con los años he aprendido que existe una diferencia enorme entre un hueco y un espacio.
El hueco
Lo que deja quien se marcha. Ese no se rellena.
- Su nombre.
- Sus recuerdos y sus manías.
- Aquel olor que todavía parece estar en una manta.
- Las fotografías que no te atreves a quitar.
- Las historias que seguirás contando dentro de veinte años.
El espacio
Lo que todavía nos queda por dar.
- Las caricias que nuestras manos todavía pueden ofrecer.
- Los paseos que nuestras piernas todavía pueden compartir.
- Los sofás en los que todavía cabe otro cuerpo peludo.
- Las risas que todavía tenemos pendientes.
- Los años de cariño que algún perro, en algún lugar, quizá esté esperando recibir.
Ese hueco tiene dueño. Y siempre lo tendrá.
Por mucho que hayamos querido… Por mucho que hayamos perdido… Casi siempre descubrimos que todavía nos queda más amor del que imaginábamos.
Y quizá ahí está la respuesta a aquella pregunta del principio. ¿Es una traición adoptar otro perro después de perder al tuyo?
No.
Traición sería pensar que todo aquel amor que aprendiste a dar tiene que morir también contigo por dentro.
Y aun así, si decides esperar, tampoco estás traicionando a nadie. Porque el amor no exige sustitutos. Ni fechas. Ni explicaciones.
El amor simplemente permanece.
Para terminarNadie ocupa el lugar de nadie
El corazón no es un piso de alquiler donde hay que desalojar a un inquilino para que entre otro. El corazón no funciona así.
El corazón, sencillamente, se ensancha.
El que se fue sigue viviendo en tus recuerdos, en tus fotografías, en tus costumbres y en las historias que seguirás contando dentro de veinte años.
Seguirás echándolo de menos. Seguirás recordando su manera de mirarte. Su forma de dormir. Su sitio favorito. Y seguramente habrá días en los que todavía se te escapará alguna lágrima. Aunque lleve años sin estar.
Y no pasa nada. Porque recordar también es una manera de seguir queriendo.

El que llega no viene a ocupar su lugar.
Porque ese lugar ya tiene dueño.
Viene a ganarse el suyo.
Y, casi sin que te des cuenta, acaba haciéndolo.
Mas Torrencito — Parets d’Empordà, Girona. La primera casa rural para mascotas que acepta personas.






